viernes, septiembre 15, 2017

JADRAQUE: MEMORIAS TORERAS



JADRAQUE: MEMORIAS TORERAS
De Cúchares a Método, pasando por don Antolín.


   Sólo Dios sabe, quizá también lo supo José Antonio Ochaíta quien también en torería fue maestro, de dónde y cuando llegó la afición taurina a la villa de Jadraque.

   Juan Luis Francos, amigo personal y entusiasmado del mundillo de los toros, que dio a la luz tres obras de referencia en torno a la tauromaquia, de vivir, que marchó de este mundo demasiado pronto, se quedaría asombrado al conocer que uno de los toreros de a pie más antiguos de la provincia de Guadalajara fue residente, quizá también en la villa nacido, de Jadraque. Se trató de Juan de Aja, quien junto a Gabriel Bautista, Juan de Villa y Juan Trujillo, fueron los espadas que salieron al ruedo de la plaza Mayor de Madrid el día de San Isidro de 1685. ¡Llovido ah! Los documentos oficiales no nos aclaran el lugar de nacimiento, pero si nos dicen que a la hora de la firma, Juan de Aja era vecino y residente en Jadraque, que ya es decir mucho.

Jadraque, toros en su plaza


   No sabemos si por esas fechas se celebraban en Jadraque torneos taurinos, que es posible que algo hubiese. Afición desde luego había como lo viene a demostrar el hecho de que alguien saliese de allí para acudir a los festejos madrileños, y triunfar.

   Las noticias más certeras en torno a los festejos taurinos de Jadraque se remontan al siglo XIX, en cuanto a las crónicas taurinas; ya que es en el siglo XIX cuando la prensa, con extensión y en algunos casos devoción, da cuenta de lo que ocurre en los ruedos españoles. Por ello conocemos la actuación de un novillero de éxito y fortuna en el último tercio de ese siglo, el novillero que se apodó, y no sabemos por qué, “Método”. Qué fue novillero famoso no cabe la menor duda puesto que toreó por media España antes de retirarse a una respetable finca que adquirió en tierras de la Francia taurina. En Jadraque, que se sepa públicamente, únicamente toreó en una ocasión, el 16 de septiembre de 1886. Llegó a la villa procedente de Sevilla, donde había triunfado, sin conocer lo sucedido el día de antes.

   Celebraba Jadraque sus festejos en coincidencia con las fiestas y ferias de septiembre, a honor y gloria del Santo Cristo de la Cruz a Cuestas, con procesión en su día, el 14, y festejos el 15 y 16. Y celebró por todo lo grande sus dos acontecimientos taurinos el 15 y 16 de septiembre de 1886.

   Había una razón para hacerlo a lo grande. Una razón que marcó el último estertor del verano de 1885 que pasó a la historia local como el año del cólera, en el que la guadaña de la muerte se paseó a capricho por las calles del pueblo y no permitió que en su septiembre las fiestas locales se celebrasen como debido era. Es por ello que para las de 1886 se gestó la revancha. Y se contrató para el día 15 uno de esos festejos que han de pasar a la historia, y a fe que pasó, en lo que hoy se conoce como concurso de ganaderías. Seis bravos toros, seis, que salieron a la plaza Mayor de Jadraque y armaron la revolución. Para cada uno de los seis bravos toros que se lidiaron se contrató a un sobresaliente en espadas. Y Jadraque pasó, aquel día, a la historia de la tauromaquia nacional como la población en la que mayor número de lidiadores se dejaron la vida en el ruedo. Las crónicas son escuetas, y lúgubres como ellas solas: las reses lidiadas se disputaban la competencia de su bravura, tanto, que seis de los lidiadores fueron a la enfermería, tres de ellos fallecieron al momento y los tres restantes quedaron en un estado bastante grave; el primero y segundo espada quizá a estas horas hayan dejado de existir…” El novillero “Método”, el día 16, estoqueó las reses con valentía y trabajó con voluntad. Y sin angustia por lo sucedido el día anterior.

Cúchares, que su apoderado, Antolín Lóoez, llevó a Jadraque

   La cogida y muerte de un torero es el resulto de la batalla. Muchos fueron los torerillos que ansiando gloria y fortuna, por aquellos tiempos, se dejaron la vida en el ruedo de las plazas de villas, aldeas, ciudades y lugares. Porque el público quería espectáculo y aquello, la muerte del torero en el ruedo, formaba parte de la misma fiesta.

   Refulgente Álvarez, que fue torero mejicano de fortuna, sufrió otra grave cogida que a punto estuvo de costarle la pierna izquierda en la corrida que Jadraque celebró a honor de su patrón el 16 de septiembre de 1929; y Luis Mazzantini, que dejó los ruedos por la política y fue Gobernador civil de la provincia, toreó por vez primera en Jadraque el 15 de septiembre de 1879, con revolcón incluido. En tiempos en los que en España, para ganar dinero, sólo se podían elegir dos profesiones medianamente decentes: tenor de ópera, o matador de toros. Y la muerte dejaba paso a la copla:

¿A ustedes les importa? A mí tampoco.
Que regañen el Chato y el Lampillas,
que al Moños en Jadraque le coja un toro,
y lo deje enseñando pantorrillas,
y otras cosas que me guardo por decoro…
   Jacinto Abós, que fue farmacéutico en Jadraque, y corresponsal para la prensa provincial, escribió algunas de las crónicas taurinas jadraqueñas para la prensa nacional. La que hace en torno a la celebrada el 15 de septiembre de 1897, en la que Juan Arregui el Guipuzcoano triunfó con los cuatro bichos que le tocaron en suerte, a honra y gloria de don Antonio Botija Fajardo a la sazón Diputado en Cortes, natural de Barcones y casado en Jadraque con doña Antonia Verdugo, nos pinta igualmente la plaza: A las cuatro de la tarde, y con bastante calor, pero con los tendidos repletos de niñas barbianas…. Por supuesto, a don Antonio Botija también lo rodeaban buena colección de niñas bonitas. Que también, la mujer y la mantilla, formaban parte del espectáculo taurino.

   Jadraque llevó a sus ruedos a los más afamados novilleros de la segunda mitad del siglo XIX y de los comienzos del XX, y si no los llevó, según la copla, debiera de haberlo hecho. Puesto que, para triunfar, incluso Rafael Guerra, Guerrita, tenía que pasar por el coso jadraqueño:

Debes ir a matar hasta en Tembleque,
a Valdemoro, a Pinto y a Jadraque,
pero nunca a Madrid, que anda el zumeque,
y todo se convierte en turuleque.

   Gregorio Taravillo, Platerito, también triunfó en la década de 1890, y Nicanor Manjón, Aransaito, en los inicios del siglo XX, cuando también triunfaba Calerito banderilleando con éxito en silla. Eran los tiempos de Araujito, Fitero, El Chuli, Jabonero de Granada, Nacional, Manchego o Cortijano.  Los nombres de quienes triunfaron, y de quienes no, llenarían todo el graderío de la nueva plaza jadraqueña.

   Es sin embargo un torero, que nunca toreó en Jadraque, quien ha pasado a la historia de la población y se le recuerda con mayor devoción entre aficionados o no a la tauromaquia: Francisco Arjona Herrera, Cúchares. 

Luis Mazzanttini, en el centro como gobernador de Guadalajara, fue novillero en Jadraque


   Cúchares regaló al Cristo de la Cruz a Cuestas un cordón con borlas de oro, que el Cristo luce todavía. Lo que Jadraque no recuerda es que hasta allí lo llevó don Antolín López, que este sí que era de Jadraque y gloria de la afición taurómaca. Don Antolín nació en aquellas calles en 1790 y pasada la epopeya de la francesada se plantó en Madrid, donde abrió una tienda de ropa, entonces ropería, en la calle de Toledo. Ropería que se convirtió, por la afición de su dueño, en una de aquellas academias de la torería, que tantas hubo. Fue fundador de la célebre tertulia del Jardinillo, que presidió el duque de Veragua, y referente para el mundo taurino madrileño desde la década de 1820 hasta su muerte, el 9 de agosto de 1866.

   Pero lo que viene al caso es que fue quien lanzó a la fama al afamado Cúchares, y al Tato, y… a tantos de aquellos que, al día de hoy, son nombre en enciclopedia de toros. Y fue su apoderado y hombre de confianza a través de los años. Y de la mano de don Antolín se pasearon por Jadraque las glorias del toreo del siglo XIX y Cúchares dejó en Jadraque su cordón de oro antes de marcharse a La Habana y volver de allí dentro de una caja de latón, a veinte años de su muerte. Pero eso es ya otra historia. Otra memoria de la torería jadraqueña.
   
Tomás Gismera Velasco
Nueva Alcarria, Guadalajara,
15 de septiembre 2017

martes, septiembre 12, 2017

ALCORLO QUE DESAPARECIÓ TRAGADO POR LAS AGUAS



ALCORLO QUE DESAPARECIÓ TRAGADO POR LAS AGUAS
Memoria de un pueblo que fue


   En los inicios del siglo XX comenzó a proyectarse un plan de regadío en la provincia de Guadalajara, para lo cual sería necesario llevar a cabo obras en diferentes valles a fin de retener las aguas con varios embalses y pantanos que sirviesen aquel fin. Entre estos se encontraban las obras de la presa de Beleña y del pantano de Alcorlo. El estudio ya estaba cumplimentado en la primavera de 1903, llevado a cabo por: los ingenieros de esta provincia D.  José Gálvez Cañero y Alsola y D. Luis Bolonzant y el ayudante de Obras Públicas don José Antonio Martínez. La obra de Alcorlo estaba comprendida dentro del plan de obras hidráulicas del Estado, aprobadas el 25 de abril de 1902.

   Muchos años después, para el inicio de la década de 1970, olvidadas aquellas primeras iniciativas, se retomó la idea de llevar a cabo las obras del pantano, quedando aprobadas en 1972. Previamente, el 11 de marzo de 1969, el Boletín Oficial del Estado publicaba la disposición por la que quedaba abierta la información pública sobre la construcción del pantano, anunciándose desde Guadalajara que se va a constituir una comisión para estudiar y determinar las consecuencias de dicha construcción, tanto en lo que se refiere a los naturales beneficios para una amplia zona, como para los problemas que ha de causar a los vecinos de la parte inundada.

Una calle de Alcorlo, hacía 1930

   Para el mes de junio de 1981 el pueblo de Alcorlo estaba condenado a pasar a la historia. A mediados de mes el Gobierno civil informaba que los trámites administrativos de la Ley de Expropiación Forzosa por el embalse de Alcorlo estaban notificados a los afectados y que se procedería a partir del día 26 de aquel mes, a embalsar las aguas sin limitación, efectuando el desalojo de las personas y enseres que aún permaneciesen en los inmuebles expropiados.

   Muchas personas habían abandonado el lugar, pero todavía quedaban un  buen número de vecinos que se resistían a dejar lo que habían sido sus tierras, las casas en las que habían nacido y lo que fue el solar de sus mayores. Las aguas anegaban una parte del término y comenzaban a llegar a las calles de lo que fuese la población. Mientras se levantaba el muro de contención y se derramaba hormigón a manos llenas en las antiguas cuevas del Congosto, a fin de taponar todas aquellas oquedades paleolíticas, neolíticas, o lo que fuesen,

   Por fin, en la mañana del jueves 28 de enero de 1982, casi cien años después de que se comenzase a hablar de la desaparición del pueblo de Alcorlo tragado por las aguas, las máquinas excavadoras entraron en sus calles con objeto de demoler las casas que quedaban en pie. Previamente se remitió una comunicación a la Alcaldía en funciones en la que se significaba que para el día 27 de enero se hacía imprescindible el disponer del poblado, ya que una gran parte del pueblo va a quedar por debajo de lo que van a inundar sus aguas, pensando que, en el plazo que se daba para efectuar el desalojo, la gente comprendería el problema y mediante diálogo suficiente con el Ministerio y Confederación, se llegaría a un acuerdo para desalojar.

Alcorlo, en el inicio de la demolición


   Pero los vecinos no desalojaron voluntariamente, por lo que en la mañana de ese 28,   alrededor de las nueve de la mañana comenzaron a llegar al pueblo camiones con palas excavadoras, así como numerosa Guardia civil, hasta un número próximo a los cincuenta agentes, casi tantos como vecinos quedaban. Los acompañaban funcionarios del Ministerio de Obras Públicas y de la Confederación Hidrográfica del Tajo. La demolición comenzó por la casa del Alcalde en funciones, que se encontraba rodeada por una veintena de personas.

   Unas horas después el pueblo se encontraba prácticamente demolido en unas obras que se llevaron a cabo a lo largo de todo aquel día, así como en la mañana siguiente. Las máquinas, casa por casa, fueron derribándolas hasta sus cimientos, de forma que en la tarde del 29 tan sólo quedaba en pie la iglesia y apenas media docena de casas de las sesenta que para entonces habían resistido, al igual que sus treinta vecinos. Casas que, según se decía a través del Gobierno civil y de los servicios del ministerio correspondiente, ya no eran utilizadas habitualmente, salvo los fines de semana.


   Hubo momentos de gran tensión, a pesar de que la sentencia estaba firmada y no había vuelta atrás: se había pedido a los habitantes que aún permanecían en Alcorlo reiteradamente que procedieran al desalojo (contaba el director de la Confederación del Tajo), ya que debía darse utilidad a la presa y con su presencia no se podía embalsar agua, como este desalojo voluntario no se había producido, el Ministerio dio la orden de desalojar mediante la demolición, y eso es lo que se ha hecho.

   Muchos de los vecinos habían solicitado a lo largo del tiempo quedarse en la comarca y, como había sucedido con otros lugares, que se reconstruyese el pueblo en un lugar más elevado, al que las aguas no llegasen, permitiendo que los últimos moradores se quedasen en la tierra que los vio nacer, pero aquello no se llevó a efecto:  esta reinstalación es un derecho de los habitantes del pueblo y ha sido solicitada en tiempo y forma, siguiendo instrucciones del Gobierno civil de Guadalajara dictadas en 1980, se decía entonces.

El cementerio de Alcorlo se trasladó a un cerro próximo

   Desde la Confederación no se veía mal aquella solicitud: aunque no es habitual (decían), que la realicen entre los expropiados a quienes se les abona el terreno, los bienes, casas, perjuicios indirectos, etc., de todas formas nosotros haremos todo lo posible para que se les pueda atender, si el Estado y Hacienda lo consideran…  Días después del desalojo, desde el Gobierno civil se mostraba la satisfacción de que todo se hubiese desarrollado con una aparente normalidad. Respecto a su realojamiento, decía el Gobernador: que nadie piense que les van a construir un pueblo nuevo. Aunque si estaba seguro de que la Confederación instalaría convenientemente a quienes tuviesen necesidad de ello.

   Los vecinos de Alcorlo tuvieron que abandonar sus casas y tierras en bien de un dudoso progreso provincial; la iglesia, poco tiempo después, fue desmontada piedra a piedra para reconstruirse en otra lejana tierra. El cementerio fue llevado a los cerros próximos, la vida de sus vecinos comenzó a renacer en distintos lugares de la provincia, y de los pueblos próximos a Madrid. El nuevo Alcorlo nunca se levantó y hoy una inmensa lengua de agua nos da cuenta de que allí, bajo ellas, se levantó un pueblo que resistió los empaques de la historia a lo largo de siglos hasta que alguien, desde un ministerio, trazó la línea por la que el supuesto progreso debía de llegar, en beneficio de unos y en perjuicio de otros. Muchas promesas quedaron en el aire, también mucha lucha vecinal, muchos desacuerdos en cuanto al modo de valorar las vidas que quedaron truncadas. Demasiadas cosas que no volverán, a pesar de que el agua nos recuerde que bajo ellas discurría la línea de la carretera que orillaba, bajo un paseo de olmos, el varias veces centenario pueblo de Alcorlo que, cuando la sequía se hace dueña de la comarca, hace emerger, como esqueletos huesudos, algún que otro paredón de lo que fueron sus casas, resistiéndose a pesar del envite de las aguas, a permanecer en el olvido.

   También lo recuerdan quienes allí dieron sus primeros pasos, por San Bartolomé. Que en el pueblo, era fiesta grande.

Tomás Gismera Velasco
Nueva Alcarria
Viernes, 8 de septiembre de 2017

viernes, septiembre 01, 2017

SAN FRANCISCO DE ATIENZA, LA HISTORIA ROTA Numerosas fueron las mujeres de la villa que se ocuparon de él.



SAN FRANCISCO DE ATIENZA, LA HISTORIA ROTA
Numerosas fueron las mujeres de la villa que se ocuparon de él.


   Puede que sea, junto al castillo, el lugar de Atienza que más pasajes de la historia de España ha contemplado. El Real Convento de San Francisco de la Purísima Concepción del que queda, puede que de no ponerse algún remedio no por mucho tiempo, parte del ábside gótico inglés o normando, según lo interprete cada cual, único en España.

   El primitivo convento franciscano nació en la última mitad del siglo XIII. Su crecimiento fue constante hasta los años finales del siglo XVIII, en que comenzó el declive. Pudiera decirse que ese auge fue cosa de mujeres. También su última ruina.

   Lamentablemente con ese declive se ha perdido en el tiempo parte de la historia escrita que nos daría la imagen real de lo que fue. Una historia que nos habla de la rivalidad entre los franciscanos y el poderoso Cabildo de Clérigos de la Villa, atento este a no ver mermar sus privilegios. Hasta que las mujeres metieron mano. Porque todo eso comenzó a cambiar cuando la reina de Navarra, Leonor de Trastámara, hija de Enrique II de Castilla y mujer de Carlos III el Noble, eligió por confesor al padre Guardián de San Francisco en 1395. En el testamento de la reina de navarra, dictado en 1414, ordenó una serie de mandas a fray Juan, su confesor y Guardián del convento franciscano de Atienza, que lo cambiaron todo. 



   La reina de Navarra coincidió en el tiempo con la reina de Castilla Doña Catalina de Lancaster, Señora de Atienza, cuando vino a casarse con el heredero castellano allá por 1388, y a quien se debe el inicio de las suntuosas obras que nos han legado los tiempos. Los restos de que hablamos. Parece que las obras no avanzaron más allá del ábside, espectacular en su tiempo, y parece que tras las mandas testamentarias de la reina Leonor la vida conventual comenzó a experimentar un cambio en el que pudo tener algo que ver la famosa reliquia de las Santas Espinas.

   Se concluyó el ábside y la cripta, bajo él, donde se alojó la reliquia de marras y se detuvieron las obras, que concluyeron con el alzado de la iglesia, en contra de los planes primitivos, y poco más, hasta que a finales de ese siglo una nueva mujer tomó el relevo: Catalina Núñez de Cienfuegos, mujer de Gonzalo Bravo de Laguna, alcaide del castillo de Atienza. Doña Catalina Núñez de Cienfuegos, dama de Isabel la Católica, prosiguió las obras y en el crucero ideó el panteón familiar.



   Conoció el convento, a partir del reinado de Isabel la Católica y bajo el patrocinio de Catalina Núñez de Cienfuegos, sus mejores días. La reina lo dotó con una buena cantidad de cargas de sal de las salinas cercanas que cobraron los franciscanos hasta el siglo XIX; les donó las tierras de la judería y del cercano despoblado de Vesperinas, que más tarde venderían los frailes al Concejo; los nombró Regidores Perpetuos de la Villa y, por entonces, recibió el convento el título de Casa Real.

   Doña Catalina enterró en él a su marido y a su yerno, muertos en los preliminares de la toma de Granada¸ se enterró ella y se enterró su hija Magdalena, bajo bultos de alabastro de los que conocemos sus inscripciones gracias a Luis de Salazar cuando a finales del siglo XVI, y siguiendo lo ordenado por Felipe II, trató de recopilar las inscripciones funerarias de las iglesias del reino. Para entonces eran ya seis los bultos funerarios de la iglesia; a los anteriores se unieron los de Hernando de Rojas Sandoval y Catalina de Medrano, hijo él del marqués de Denia y ella de Diego López de Medrano. Catalina, dama de la reina Juana; su marido, mayordomo. Doña Catalina de Medrano reanudó las obras iniciadas por su madre y dejó parte de su fortuna, a su fallecimiento en 1541, siendo Guardián del convento su hermano Luis, para mejorar la iglesia y el recinto. Luisa Bravo, sobrina de de doña Catalina, tomó las riendas del patronazgo años después, en unión de la familia Bravo de Laguna. Lo continuarían manteniendo, con sus más y sus menos, hasta finales del siglo XVIII, cuando los Bravo de Laguna dejaron Atienza por la Corte y se enzarzaron con los franciscanos en pleitos sin fin.



   Muchos nombres ha dado para la historia de España a través de sus frailes y su cátedra de gramática o filosofía; desde aquel Aparicio de Atienza, obispo de Albarracín, a Juan de Ortega, confidente de la reina Católica y obispo de Coria; desde el venerable Antonio de Horta, cuyos restos descansarían en la cripta, al otro apóstol de los indios, consejero de Felipe II, fray Luis de Atienza, que dejó la mitad de su vida en tierras de Popayán antes de venirse nuevamente a la tierra que lo vio nacer; Sebastián de Acevedo o Antolín García, obispos de Mondoñedo y Salamanca.

   Hasta que llegaron los franceses en 1811 y comenzó el declive, a pesar de que otra mujer, Brígida Lozano, madre del todopoderoso Baltasar Carrillo, se había hecho cargo de los reparos necesarios. Nunca conoceremos con certeza lo que sucedió en aquel mes de enero en el que las tropas invasoras saquearon Atienza y su convento. Que funcionaba, como hoy diríamos, como una fábrica de hacer dinero. Hasta que llegó la desamortización y todo terminó.

   El convento poco a poco se fue arruinando como casa a la que le falta la vida. Al final, y al principio del siglo XX, no quedaba de lo que fue más que el ábside y los muros que lo delimitaron. Bajo el ábside la cripta y bajo el recinto conventual bodegas y almacenes. En esa situación lo adquirió del Estado, en el primer decenio del siglo XX, la compañía Eléctrica de Santa Teresa.


   Del siguiente decenio son las primeras fotografías que se conocen. Se deben a la mirada de Diego de Quiroga. En ellas se aprecia, airoso aún, el ábside de nuestros quebrantos; también las portadas gótica y románica de la iglesia, con algunas cosas más, difíciles de distinguir.  Para la década siguiente la Eléctrica decidió levantar en el recinto un  molino harinero, de agua. Los rifirrafes de su gerente con la corporación municipal alcanzaron carácter de enfrentamiento más allá de las palabras. En mayo de 1936 comenzó a desmontarse el ábside…

   Don Francisco Layna alertó a las autoridades, y a la provincia, de lo que estaba a punto de suceder. Desde Atienza otra mujer, doña Rosa Galán esposa del gerente de la Eléctrica, cargó tintas: “…tila, tila, para el Sr. Layna… ¿Quién es Vd. para levantar los ánimos de un pueblo, e incitarle a que pudiera cometer un atropello que hubiese sido, si lo comete, el baldón de Atienza…” También las cargó su marido, don Modesto Almazán. Lo acusaron de mentir y de poner contra ellos al pueblo, y a la provincia. Fuese o no cierta la denuncia del intento de desmontarlo, se pararon las obras. Apenas cuatro o cinco días después de que la carta de Layna llegase a Atienza el calendario marcó la fecha negra del 18 de julio, con todas sus consecuencias.



   Se levantó la nueva fábrica de harinas sobre el recinto de la iglesia, dejando exento el ábside, tabicando los vanos de los rasgados ventanales y techándolo. Utilizándose de palomar, y depósito de granos. De las portadas de la iglesia, piedras talladas y alabastros de que nos habló doña Rosa y mostraba a quienes lo solicitaban, se perdió el rastro. El ábside, único resto reconocible, deteriorándose con el pasar del tiempo es lo único visible de lo que fue; el ábside y las arcadas de lo que fuera, quizá, residencia real.

   Atienza ha perdido, a lo largo del siglo XX una buena parte de su patrimonio. Perdió, a caballo entre el siglo XIX y el XX la emblemática Puerta de la Guerra, o de Caballos. Los restos de la Puerta de Antequera; los pozos de nieve; los restos del convento de San Antón; las casas palacio de los Bravo de Laguna, junto a la muralla; el monumental royo o picota; los restos de la iglesia de San Nicolás de Covarrubias e incluso la Torre de los Infantes de su castillo.

   Ahora, quizá y de ponerse reparos, a lo largo de la próxima invernada perderá, si nadie lo remedia, el que quizá sea su más emblemático monumento, junto al castillo: los restos del ábside de lo que fue el Real Convento de San Francisco de la Purísima Concepción. Nos quedarán, para fortuna de la nostalgia, las imágenes que nos lo recuerden.
Tomás Gismera Velasco
En Nueva Alcarria, viernes, 1 de septiembre de 2017

martes, agosto 29, 2017

JOSÉ SERRANO BATANERO. CIFUENTES FUE SU CUNA

JOSÉ SERRANO BATANERO. CIFUENTES FUE SU CUNA

Tomás Gismera Velasco
En Henares al Día.com

   José Serrano Batanero saltó al mundo del periodismo, de la España en grande, en el mes de marzo de 1905, a raíz de uno de aquellos sucesos que tuvieron lugar en su tierra natal de Cifuentes, y al que la historia puso el título de “El crimen del Ermitaño”.

   Contaba con apenas 24 años de edad y estaba metido de lleno en sus estudios de Derecho en la Universidad de Zaragoza, donde, como su primo Francisco Layna en Madrid, demostró tener capacidad de líder, ya que comandó las milicias estudiantiles en los congresos escolares que tuvieron lugar en aquellos años en Zaragoza, Valencia y Barcelona.



   Para 1910 ya era abogado en ejercicio, y periodista por vocación. En Madrid ganaba pleitos, y en Guadalajara publicaba artículos que hablaban de su pueblo: Cifuentes. Antes había recorrido medio mundo en aquellos sueños bohemios de un chico de bien, como él mismo diría: Chile, Argentina, Uruguay, Paraguay, Brasil, Méjico, República del Ecuador, toda la América, en fin, del Sur y gran parte de la del Norte.  Por supuesto, Europa, también.

   Su fama de buen letrado en causas penales lo lanzó al estrellato mediático de los abogados de prestigio. Sus primeros casos fueron seguidos por la prensa, que ensalzó sus alegatos en defensa de sus patrocinados, y si comenzó con el simple crimen de un pinche de cocina, poco a poco fue ascendiendo en el escalafón legislativo hasta llegar a intervenir en casos tan de película como “El crimen del Capitán Sánchez”; el no menos famoso del “Café de Fornos”… y tantos más. Don José, Serrano Batanero, protagonizó una de aquellas escenas que ha traspasado la frontera del tiempo, al presentarse con los hijos de su condenado capitán Sánchez ante las puertas del palacio real para, cuando saliese el rey, pedirle clemencia para su condenado a muerte. Que no la logró.

   Antes de eso entró a formar parte de los jóvenes liberales que andaban a medio camino entre el mundo de la cultura y el de la política, cuando Maura se retiró de la escena corriendo el año de 1913. Serrano Batanero se reveló como un gran orador, fama que le acompañaría el resto de su vida, protagonizando innumerables encuentros de carácter político, o dando conferencias sobre los más diversos temas, con preferencia relacionadas con el mundo de la abogacía y los derechos humanos. 



   Su fama como abogado penalista creció con el paso de los años, siendo uno de los tres o cuatro abogados imprescindibles en la prensa diaria. A lo que contribuyó en gran manera el fotógrafo Alfonso, autor de muchos de los fotogramas judiciales en los que Serrano Batanero intervino, y con quien mantendría una profunda amistad llegando, Serrano Batanero, a ser testigo en las bodas de los hijos de Alfonso.

   A aquel mediático del capitán Sánchez siguió otro no menos atrayente, el llamado “Crimen de Cabanillas”, y a este algunos más que hicieron que en su bufete no faltase el trabajo, ni a las puertas de su casa los periodistas dispuestos a entrevistarlo. Su fama traspasó los límites de Madrid o Guadalajara, siendo constantemente invitado a dar charlas o conferencias en diversas provincias. A nada se negó, y menos aún a entrar en política cuando de resultas de sus actuaciones fue propuesto para tomar parte de la provincial, en un principio, desde la que dar el salto a la nacional.

   Siguiendo la carrera que ya habían tenido algunos miembros de la familia Serrano Sanz, entre ellos su padre, optó a un puesto de diputado por Guadalajara en 1919 enfrentándose al todopoderoso Sr. Brocas, por lo que fue derrotado. Compaginando estos primeros flirteos políticos con su imparable ascenso como abogado penalista que lo llevaron a que el Ayuntamiento de Madrid pusiese calle a su nombre, descubierta a modo de homenaje en aquel decenio. A aquellos casos que intrigaban al pueblo se unieron otros de no menos interés político, llegando a actuar en el proceso sobre el asesinato de Eduardo Dato defendiendo a Luis Nicolau, quien sería condenado a la última pena. Años después, en 1935, sería igualmente uno de los abogados defensores de los encausados en el llamado “proceso del octubre rojo” que tuvo lugar en el cuartel del Conde-Duque de Madrid, donde se juzgó a las milicias socialistas que desencadenaron los sucesos de la revolución de octubre de 1934. Significándose después en el juicio sobre los sucesos de la calle de Magallanes, por terrorismo, contra algunos tranviarios madrileños. Y más adelante sería uno de los juristas que hubo de verificar la legalidad del proceso llevado a cabo contra los capitanes Galán y García Hernández en de Jaca. Igualmente fue el abogado defensor de Pablo Iglesias en los procesos que se siguieron contra este.


   En las primeras elecciones legislativas que tuvieron lugar tras la proclamación de la República, en 1931, Serrano Batanero obtuvo un acta de Diputado por Guadalajara, presentándose en las listas del partido socialista, si bien dentro de Alianza Republicana. Fue Serrano Batanero el primero en presentar el acta de Diputado en el Congreso, correspondiéndole por ello abrir la primera sesión legislativa de las primeras cortes republicanas, en la que fue elegido presidente Julián Besteiro.

   Había iniciado con aquello un ascenso imparable dentro del partido, y de la sociedad política española. Poco tiempo después sería nombrado Presidente del Consejo de Administración del Monte de Piedad, futura Caja de Ahorros de Madrid y luego Bankia, en donde se distinguió, a juicio de la prensa, en su persecución para acabar con el chalaneo de los prestamistas, desbancando de los cargos a la nobleza, para ser del pueblo y para el servicio del pueblo.

   En esta misma época se distinguirá como defensor de los derechos de la mujer, dando charlas y conferencias a favor del voto femenino y de la igualdad, en unión de Victoria Kent. De la misma forma que será un acérrimo defensor del idioma español, hasta hacer que durante la Conferencia Interparlamentaria celebrada aquellos años por Diputados de todo el mundo, uno de los idiomas oficiales fuese el español. Logro personal que explicaría con palabras sencillas: Hasta ahora por convenio internacional los únicos idiomas reglamentarios eran el francés, el inglés y el alemán, los españoles se negaron a hablar en aquellos idiomas y en consecuencia el español tuvo que ser aceptado. Quien se negó a hablar en aquellos idiomas fue el propio Serrano Batanero, representante español junto a Clara Campoamor, y algunos senadores más.


   El estallido de la Guerra Civil llevó a Serrano Batanero a significarse más profundamente con el pueblo. A comienzos de 1936 había sido nombrado Consejero permanente de Estado, y tras aquel vendrían otros, entre los que figuraron el de Presidente del Comité Directivo de la Confederación Española y del Instituto de Crédito de las cajas generales de Ahorro, cargo del que dimitió a comienzos de 1937 para pasar a ocupar un cargo de concejal en el Ayuntamiento de Madrid, presidido entonces por Rafael Henche de la Plata.

   En meses sucesivos sería Consejero Delegado de Tranvías; Consejero de Cultura; Consejero del Monte de Piedad… Y en función de tales cargos, así como por sus indudables dotes oratorias, recorrió los frentes madrileños de la guerra dando charlas, rechazando, cuantas veces se le propuso, ocupar ministerios. Formando parte junto a otros conocidos abogados, entre ellos Victoria Kent, del comité de “Abogados Antifascistas”, entre otras muchas asociaciones siendo, desde su cargo en el Ayuntamiento de Madrid, uno de los responsables de la protección y evacuación del Museo del Prado, al tiempo que ejerció de anfitrión a las delegaciones extranjeras que por aquellos días visitaron Madrid.


   En ningún momento, ni antes ni después de la guerra, mostró deseos de abandonar Madrid. Tampoco quiso marchar al exilio cuando la guerra estuvo perdida para los republicanos, no oponiendo ninguna resistencia a su detención, al término de aquella.

   Fue juzgado en consejo de guerra acusado de “auxilio a la rebelión”, puesto que no se le pudieron probar otro tipo de delitos, encargándose de su propia defensa y dirigiéndose a los miembros del tribunal que lo juzgaba como “señores rebeldes”, haciendo una alocución en la que con los códigos militares en la mano demostró a sus juzgadores que ellos eran quienes debieran enfrentarse al tribunal. Y entendiendo que aquellos habían cambiado las leyes para juzgar a sus adversarios, y sintiéndose por tanto él mismo adversario de quienes lo juzgaban, solicitó su propia pena de muerte, para vergüenza de quienes habían jurado defender las leyes por su honor de militares, convirtiéndose en traidores de su propio juramento. Admitiendo haber cometido el delito de ser leal a la legitimidad republicana que ustedes como golpistas han mancillado.

   En ningún momento consintió que se dirigiesen a él sin anteponer el “don”, como le correspondía por sus estudios, nombramientos y títulos



   Contrajo matrimonio en Durón, el 24 de septiembre de 1911, con Esperanza Serrano Monserrat, con quien tuvo tres hijas, de las que únicamente una le sobrevivió ejerciendo en Madrid el mismo oficio de abogado que su padre.

   Aquella madrugada en la que se lo llevaron camino de las tapias del cementerio del Este, de Madrid, desde la cercana cárcel de la calle de Torrijos (hoy calle del Conde de Peñalver), donde dejaría su vida, podemos imaginar que escribió su última carta. Aquella que pudo titular “Cuando el alba me alcance”:

   Cuando el alba me alcance nada tendrá importancia y todo estará perdido, o quizá sea el comienzo de algo nuevo. De cualquier modo habré mantenido, hasta ese momento, mi dignidad.

   -Muy arrogante es usted. Una lección de humildad cuando tan escaso tiempo le resta en este mundo y tan poca vida le queda no le vendría mal. Habrá que ver si tan gallito se sostiene dentro de… –se han atrevido a decirme cuando me han comunicado que al alba ha de ser. Dentro de unas horas, no importa cuántas, pues el tiempo se me detuvo el mismo día en el que a la libertad del pueblo le pusieron cadenas.

   Extraño puede resultar a quien lo lea, y desconcertados quedaron los miembros del Tribunal  rebelde que me juzgó; en el fondo solicitar mi condena era acusarlos a ellos, a los sediciosos, a los rebeldes, de todas y cada una de las condenas inocentes que una tras la otra comenzaron a cargar sobre sus espaldas desde ese, dichoso para ellos y adverso para los españoles de corazón libre, primero de abril de 1939. Tanta sangre derramada en la inocencia…

   Los veía, a mis jueces, como personajes de un espectáculo de títeres sin escrúpulos, con hambre y sed de venganza. Por ello, y en bandeja, les ofrecí mi vida.


   -Es por ello, señores rebeldes de este dignísimo Tribunal que no me cabe mayor desagravio que el de solicitar, como así lo solicito, la pena de muerte.

   Una vez más, perdí la cuenta de las que lo hicieron a lo largo del proceso, fui llamado al orden, a su orden.

   -Se le advierte que de continuar con su desacato…

   -No pueden considerar desacato, señores rebeldes de este digno Tribunal, que me dirija a ustedes como rebeldes, pues ustedes se alzaron en rebeldía contra el Gobierno legalmente constituido.

   Satisfacción personal acusar de rebeldía a quien me acusaba de auxilio a la rebelión, cuando no hice otra cosa que mantenerme firme en la convicción de servir al pueblo y Gobierno elegido por él. Tampoco mis quejas les importaban demasiado, pues en su ánimo estaba que la representación teatral, queriendo dar legalidad a un proceso judicial que no la tenía, concluiría en condena.

   Y la sentencia concluyó con la condena a muerte. Por garrote vil, como castigo a mis reiterados desacatos, según ellos. Ratificando que sí, que en su último ánimo se encontraba la venganza. Su venganza cristiana en el nombre de Dios y del nuevo orden jurídico e institucional formado tras su llamada Cruzada de Liberación Nacional.

   Al venir a notificarme el inmediato cumplimiento de la sentencia escuché que alguien pronunciaba mis apellidos, sin más.

   -¿Serrano Batanero?

   He clavado mis ojos en quien me buscaba.

   -Si es al Excelentísimo Señor Don José Serrano Batanero a quien busca…. No tiene usted por qué apearme tratamientos. Tengo el de Excelentísimo Señor en base a los cargos que desempeñé a lo largo de mi vida, y tengo el Don como precedente a mi nombre, puesto que me doctoré en Derecho. Pueden ustedes arrebatarme la vida, pero nunca mi dignidad, son mis carceleros, pero ello no les exime de guardar las reglas de la formal educación.

   Y en ese afán de mantenerse en su rudeza, tras unos instantes de duda, me replica:

   -Es igual, Señor, Excelentísimo, o como usted lo quiera. Le traigo la notificación del cumplimiento de sentencia. De madrugada será fusilado.

   Al leer la notificación me llevé una grata sorpresa. El dignísimo Tribunal de rebeldes que ordenó mi muerte me conmutaba la pena de garrote por el fusilamiento junto a las tapias del cementerio del Este, en la madrugada del frío Madrid. Todo un detalle. El garrote es arma contra criminales, y nunca lo fui. Me duele conocer que tendré compañeros de viaje, don José Gómez Osorio, don Ricardo Zabalda y un joven, condenado por anarquista quien, en su pesadumbre, no ha sido capaz de pronunciar su nombre.

   -Entereza muchacho –me he atrevido a decirle al conocer que se encontraba en idéntica situación a la nuestra-, la muerte puede ser una tragedia si se la teme. Una victoria si, enfrentándonos a los verdugos, la miramos avergonzándolos a ellos.

   El delito de mis compañeros de viaje, de don José y de don Ricardo, el mismo que el mío, la oposición al Movimiento, su movimiento, desde nuestros diferentes cargos. Don José, Gobernador civil de Madrid en los meses previos a la derrota. Don Ricardo, líder del Sindicato de Trabajadores de la Tierra. A don José le han permitido despedirse de su hijo Sócrates, que aguarda destino en nuestra misma prisión, celda contigua a la nuestra. 



   Se hace larga la espera, hasta que alguien llega y pronuncia el nombre:

   -Excelentísimo Señor Don José Serrano Batanero…

   Escucho el sonido ronco del motor del vehículo aguardando, y ese marcial marcar el paso de quienes dispararán sus armas sin preguntarse contra quien lo hacen, ni por qué, para no ensuciar sus conciencias más de lo que están...

   Los fusiles se dispararon sobre las tapias del cementerio del Este, en Madrid, la madrugada del 24 de febrero de 1940. Don José Serrano Batanero, que acababa de cumplir 60 años de edad, había nacido en Cifuentes en 1879, hijo de Félix Serrano Sanz y de Epifania Batanero Palafox, y no permitió que le vendasen los ojos.