viernes, noviembre 17, 2017

SOMOLINOS: INDUSTRIAS DEL PASADO



SOMOLINOS: INDUSTRIAS DEL PASADO.
DE LA FÁBRICA DE PAPEL A LA FÁBRICA DE LA LUZ.

   Puede que sea la de Somolinos una de las lagunas más conocidas de la provincia de Guadalajara, tanto por sus orígenes glaciares como por el número de molinos que la tradición nos cuenta que se levantaron en sus cercanías, a fin de aprovechar el beneficio de sus aguas, en el último rincón de la provincia de Guadalajara, rayanas con las de Soria y Segovia.

   Al hablar de molinos casi siempre se nos irá el pensamiento a los harineros, sin fijarnos en otros, que los hubo, de papel y de batir cobre, antes de convertirse en fábrica o salto de luz.

   Las tres industrias ocuparon el mismo suelo y se sirvieron de las mismas aguas, pues fueron pasando de una a otra conforme fue también pasando el tiempo.




   En 1805 ya podíamos leer en el Diario de Madrid que el duque del Infantado, titular entonces del martinete de cobre, lo ponía en arrendamiento a través de su administrador en Argecilla, D. Fernando Maynez Herreros.

   La fábrica de papel por su parte venía funcionando desde el siglo XVII. Al respecto, Gonzalo Gayoso Carreira, en su Adición Final a los apuntes para la historia del papel en España, nos indica:

   Madoz en 1846 al tratar del  partido judicial de Atienza dice de Somolinos: En él hay dos martinetes para batir el cobre que se recoge de varios puntos, y un molino de papel descompuesto. Y por último el señor Conde de Polentinos tiene proyectado en el mismo pueblo una gran fábrica para elaborar hierro forjado y fundido para presentarlo después en distintas formas.

   Efectivamente así era. La fábrica o molino de papel se había arruinado ya que los arrendadores dejaron de trabajarla por las distancia que había entre Somolinos y Madrid, principal mercado de su producto, que lo encarecía considerablemente.

   La finca, con el molino de papel y el martinete de cobre, puesta en venta por la Casa del Infantado, fue adquirida por el entonces conde de Polentinos, don Felipe de Colmenares, quien tenía inversiones en la comarca de Hiendelaencina en el naciente mundo de la plata.







    Esta fábrica comenzó a funcionar poco tiempo después, con el mineral de plata y hierro que procedente de Hiendelaencina era allí tratado para ser enviado a Madrid, de lo que nos deja reflejo algún que otro apunte referido a la fábrica de La Constante:

   No son demasiadas las referencias que tenemos en torno a la fábrica o molino de papel de que se nos hace referencia, más si volvemos al ya citado Diario de Madrid de los inicios del siglo XIX, volvemos a encontrarnos uno de aquellos curiosos anuncios que nos hablan del deseo de sus propietarios por ponerlo en otras manos:

   Se arrienda o vende una fábrica de papel, situada en la ribera de Somolinos, provincia de Guadalajara, al pie de una hermosa laguna de aguas cristalinas y abundantes, cuyo edificio se halla perfectamente reparado, con dos tinas, doce pilas y un martillo. La persona que quiera tratar de su compra podrá hacerlo en Madrid con Don Juan Bravo, maestro de coches, que vive en la Carrera de San Francisco, o en dicha fábrica con el mismo dueño.

Antiigua fábrica de harinas de los hermanos Aldea
 
   La adquisición la hizo la Casa del Infantado, uniendo esta a su explotación del cobre, poco antes de deshacerse de ambas.

   Sobre estas industrias se levantó en los comienzos del siglo XX la fábrica de luz que bajo el nombre de La Eléctrica de Santa Teresa, dio servicio de alumbrado a toda la Serranía de Atienza, y que estuvo en funcionamiento desde 1905 hasta 1968.  

   Anteriormente sus instalaciones estuvieron ocupadas por los martinetes de cobre, hierro y plata, que llevaron el mismo nombre, como se desprende de una información judicial de 1866:

   La Gaceta de 29 de diciembre último inserta un edicto judicial anunciando nueva subasta y remate de la fundición Santa Teresa, sita en el término de Somolinos, provincia de Guadalajara, con una extensión superficial de 42.783 metros cuadrados y 6 decímetros, comprendidos en ella el edificio destinado a fábrica de función que tiene 2.228 metros cuadrados de superficie y consiste en ocho crujías paralelas en planta baja y dos patios, hornos de fundición, molinos, almacenes, laboratorio y demás oficinas necesarias al objeto.
   Una casa en tres crujías paralelas en planta baja, principal y segunda, distribuidas en portal, escalera, cuadra, pajar, habitación y almacén.
   Otra en una crujía destinada al servicio del horno.
   Otra para el servicio del tejar en dos crujías.
  Y un horno de cocer ladrillos, cuyos edificios están separados el uno del otro habiendo sido retasada la posesión en 696.000 reales.

Marca de agua de la fábrica de papel

   En la primera subasta, a la que no se presentaron pujas, se tasó en 936.916 reales; en la segunda se abarató hasta los 747.200. La que damos cuenta era la tercera.

   Por su parte, la Reseña Física y Geológica de la Provincia, anotada en 1929, nos señala al respecto de estas industrias:

   La fábrica de fundición de Somolinos dispone de unos 30 metros de caída; otros de menos consideración dan movimiento a un martinete de cobre y algunos batanes escalonados entre aquel pueblo y Albendiego.

   Y todavía nos señala al respecto Manuel  Pérez Villamil en su “Viaje al Alto Rey”, publicado en 1879:

   En este terreno, que hoy pertenece al conde de Polentinos se construyó hace pocos años una magnífica fábrica para el beneficio de los minerales de plata y hierro, y que subsiste aún, si bien deteriorándose su complicada maquinaria por la acción implacable del tiempo y las humedades. Causa profunda lástima tan grande e injustificable abandono; pues si bien es cierto que fue un error industrial la construcción de tal fábrica en este sitio, a tres leguas escabrosas de las minas de Hiendelaencina, y cuando ya existía a una escasa distancia la grandiosa y bien montada de los ingleses llamada La Constante, es indudable que tan poderosa caída de aguas debiera aprovecharse en otros usos.

   Sobre todo ello volvemos a tener referencia a través de una nueva subasta judicial, esta de 1913 en que se saca a subasta una posesión, antiguamente fábrica de fundición denominada Santa Teresa, cruzándolos el río Bornoba y el antiguo Camino de Castilla.

La Laguna, generadora de numeosas industrias

    Para entonces, cuando la fábrica de la luz comenzó a funcionar, la finca había dejado de pertenecer al conde de Polentinos; don Felipe falleció, pero continuaba en posesión de la familia Colmenares, quien solicitará en 1900 el cambio de uso y el distinto aprovechamiento de las aguas, que les será concedido en 4 de junio de 1901 a través de su solicitante, D. Emilio de Colmenares. Podía dedicar la industria a la producción de energía eléctrica, siempre que no alterase el cauce. En la petición, presentada en el mes de agosto de aquel 1900 nos da cuenta de que las aguas del manantial que entonces pretendía cambiar, habían sido utilizadas en diferentes usos. El molino de papel dejó de funcionar, lo mismo que el resto de las industrias. Para entonces en el lugar se continuaba trabajando el cobre, pero transformándolo en calderas que recorrían los cuatro puntos cardinales.

   Hoy todo es historia, y la comarca avanza rápidamente hacía la despoblación. Las comunicaciones, tan importantes para enlazar los distintos mercados, llegaron demasiado tarde. No está de más hacer memoria de un tiempo, y de una tierra condenada al silencio.

Tomás Gismera Velasco
Nueva Alcarria, 17 de Noviembre 2017

viernes, noviembre 10, 2017

DE SIGÜENZA: MANUEL PÉREZ VILLAMIL.



DE SIGÜENZA: MANUEL PÉREZ VILLAMIL.
A los cien años de su muerte


   El 11 de noviembre de 1917, Manuel Pérez Villamil retornó a Madrid desde Murcia. Había acudido a aquella provincia para tratar de restablecerse en su delicada salud, algo que no consiguió y probablemente sintiendo que se acercaban sus últimos días, quiso retornar. A partir de su vuelta los madrileños, los seguntinos y los guadalajareños conocieron que la vida de don Manuel se apagaba.



   Hijo del abogado seguntino del mismo nombre, y de María del Carmen García Somolinos nació en Sigüenza el 3 de octubre de 1849. En Sigüenza llevó a cabo sus primeros estudios, que continuaría en Guadalajara para pasar más adelante a la Universidad Central de Madrid, donde llevó a cabo estudios superiores, doctorándose en Derecho, así como en Filosofía y Letras, estudios que llevó a cabo entre 1864 y 1870.

   Comenzó su vida laboral como abogado al lado de su padre, representando en algunos  pleitos al diario madrileño “El Siglo Futuro”, al tiempo que comenzaba su vida periodística. Profesión, la de Derecho, que no tardaría en dejar a un lado para dedicarse a la docencia, llegando a ser Catedrático de Teoría e Historia de las Bellas Artes en el Centro de Estudios Católicos de Madrid, al tiempo que opositaba al cuerpo de Bibliotecarios y Archiveros, incorporándose a la institución en 1886.

   Sus primeros pasos periodísticos los llevaría a cabo en esta década, la de 1870, en la revista Hispano Americana “Altar y Trono.

   En junio de 1882 contrajo matrimonio en Madrid con la aristócrata Concepción de Pineda, nieta del marqués de Campo Santo. Anotando que, a partir de entonces, sus amores patrios quedarían divididos entre la provincia de Guadalajara y la de Murcia, investigando y dando a la luz, sobre su tierra de acogida algunas obras de interés en torno a sus pasadas industrias y el trabajo de la mujer, siendo recordado por su defensa del patrimonio histórico-artístico y por la permanencia en aquella capital del famoso “Belén de Salzillo”. Obra que le fue entregada para su custodia logrando, mediante diferentes artimañas, que en lugar de que la colección de figuras terminase en manos particulares, acabase, como lo hizo, siendo de dominio público en la capital murciana.



   Para entonces, para cuando contrajo matrimonio, se había convertido en un destacado periodista. Había comenzado a colaborar con la revista “La Ilustración Católica” que terminaría adquiriendo para convertirse en su director entre el verano de 1879 y los inicios de 1887. Igualmente dejó sus escritos en revistas y diarios como “La Ciencia Cristiana”, “La Lectura Dominical”, “La Crónica”, etc., en muchas ocasiones firmando con seudónimo, o con sus simples iniciales: “M.P.V.”.

   A través de “La Ilustración Católica” se dio a conocer al gran público con artículos en los que el arte y la religiosidad alternaban con otros en los que se mantuvo presente la provincia de Guadalajara, principalmente a través de las comarcas de Sigüenza y Atienza.

   Formó parte de la histórica “Peregrinación Española a Roma”, que tuvo lugar en 1876, ejerciendo en la ocasión como corresponsal para varios periódicos madrileños, y dando a la luz, al término de aquella, un completo relato del viaje, que llevó por título “La Peregrinación Española en Italia”.   Posteriormente compaginará su vida entre la docencia, la Academia de la Historia, el Cuerpo de Archiveros y, por supuesto, la investigación histórica.



Libros para vivir y conocer los museos de Atienza

 Museos de Atienza. Tres Museos, tres historias, tres libros para conocerlos.



   Fue elegido Académico de número de la Real de la Historia en 1906, haciendo efectivo su ingreso con la lectura de su discurso el 12 de mayo de 1907 siendo apadrinado por quien entonces era Cronista Oficial de Guadalajara, don Juan Catalina García López. Uno de sus grandes amigos junto a Francisco Navarro Villoslada, de quien se sentía discípulo y seguidor. Pérez Villamil era ya, desde el 7 de mayo de 1875, académico correspondiente por Sigüenza, de la Historia.

   Hacía muy poco tiempo que Pérez Villamil había publicado una de sus obras más significativas: “Arte e Industrias del Buen Retiro; La Fábrica de la China. El laboratorio de piedras duras y mosaico, obradores de bronces y marfiles”, dada a la imprenta con la colaboración del coleccionista madrileño, político e industrial, entre otras muchas cosas, Francisco de Laiglesia y Auset; libro que obtendría el premio “al talento” de la Real Academia.

   Para la provincia de Guadalajara en general, y para Sigüenza en particular, la gran obra legada para la posteridad sería su historia de la “Catedral de Sigüenza”, contando con las aportaciones del clérigo Román Andrés de la Pastora, y de don Ambrosio Mamblona, quienes serían piedra clave para futuros estudios seguntinos en general y de la catedral en particular.

   No era aquel, el del premio al talento, el primero que recibía Pérez Villamil, puesto que en sus comienzos recibió, el 5 de mayo de 1878, el de la Academia Bibliográfica Mariana de Lérida por su obra “Representación de la Virgen Santísima en el Arte Cristiano”. Y unos años antes, en 1872, el premio de la Ilustración Popular de Valencia, por su romance histórico “La muerte del moro Zafra”, cantando y contando una leyenda en torno a este personaje descubierto en una de sus primeras visitas al Monasterio de Huerta, según propia confesión, en el libro a él dedicado.



   Su vida comenzó a apagarse en 1916, tras el decreto oficial de su jubilación, publicado en el mes de octubre, el día 10, por el que cesaba en su cargo de jefe de tercer grado del cuerpo de Archiveros y Bibliotecarios por razones de edad y salud.

   Había perdido vista, habla y movilidad, a pesar de que continuaba trabajando en sus informes para la Real Academia. Tenía pendientes algunos estudios de Arte, que publicaría en los inicios de 1917 en algunas revistas especializadas y ofreció su última conferencia en el Ateneo de Madrid el 21 de febrero de aquel año 1917. La conferencia versó sobre la porcelana del Buen Retiro. Su estado de salud no le permitió ofrecerla por sí mismo por lo que, escrita en un sinfín de cuartillas, fue leída por el vizconde de San Enrique, proyectándose numerosas fotografías de la colección del Sr. Laiglesia.

   Fue aquel uno de sus últimos actos públicos ya que la enfermedad se agravó hasta que, al regresó de Murcia, no le permitió salir de casa. Su fallecimiento apenas ocuparía unos renglones en los periódicos, nacionales y provinciales, se produjo el día 11 de diciembre en su domicilio familiar de la calle de  Ferraz número 84, de Madrid.


   Para la posteridad dejó un importante legado en obras de gran calado para la historia patria y guadalajareña. Entre ellas la que, dicho queda, representa, quizá, su obra de mayor calado: “La Catedral de Sigüenza”, que vio la luz en 1899; el primer trabajo que, en profundidad, estudiaba la sede de la mitra seguntina.

      Aparte de estas, fue traductor de algunas otras, del francés e italiano al español, colaborando con las editoriales Bonnet y del Amo, de París y Madrid, respectivamente; quedando como más significativa de estas traducciones la que llevó a cabo sobre “Las Florecitas de San Francisco de Asís”, firmada bajo el seudónimo de “Un hermano de la Orden Tercera”, a la que pertenecía.  Igualmente, continuó la labor emprendida por Juan Catalina García López en la edición de las “Relaciones Topográficas de Guadalajara”, debiéndose a Pérez Villamil el tercer volumen, al tiempo que, fallecido García López, tuvo el encargo de informar a la Real Academia sobre los monumentos provinciales de Guadalajara necesarios de catalogación y conservación, entre ellos el Palacio del Infantado y la Capilla de Luis de Lucena, informes, junto a otros de distinta procedencia publicados en los Boletines de la Real Academia.





   Igualmente fue nombrado, en sustitución del Marqués de Polavieja, vocal de la Comisión Ejecutiva de Excavaciones de Numancia, en 1914; así como de los hallazgos arqueológicos que tuvieron lugar en la localidad de Coria, en la provincia de Cáceres.

   A todo esto se unirán artículos, conferencias, charlas… En su mayoría, al día de hoy, desconocidas. El tiempo las ha borrado de la memoria impresa.

   Al día siguiente de su fallecimiento recibió sepultura en la madrileña Sacramental de San Justo.
   No está de más que, al igual que recordamos a quienes en el mundo de las letras dieron mérito a nuestra provincia sin ser naturales de ella; recordemos, con igual o mayor motivo, a los hijos que, nacidos en ella, también la engrandecieron.

Tomás Gismera Velasco
Nueva Alcarria, 10 de noviembre 2017