lunes, febrero 19, 2018

MEMORIA DE UN ECLIPSE DE SOL

El de 1860, desde la torre de la iglesia de Miralrío


   Hoy es algo que a nadie pilla de sorpresa, el que sol y luna se mariden en unos segundos, mientras desde la tierra los humanos los miramos hacer con ojos espantados y nos dedicamos a cavilar en torno a qué sucederá después. Porque en todo fenómeno natural, es de suponerse, hay un después.

   Aquel eclipse de 1860, que había de tener lugar un 18 de julio, a distintas horas según los lugares, porque el sol y la luna son los mismos en todos partes, aunque a veces cueste creerlo, habría de vivirse por la  zona guadalajareña en torno al mediodía, pasada la una y antes de las dos.

   El antes y el después fue tan atrayente o más que el momento mismo, porque durante meses se habló en la prensa de lo que podría, o no, ocurrir; con animales, plantas, personas e, incluso, con el sol, por aquello de que la luna, que como toda mujer es hechicera, podría arrebatarle la mirada.

   El Gobierno del reino; entonces reinaba nuestra oronda majestad doña Isabel II, por aquello de que España, a nivel europeo, era uno de los lugares en los que por las condiciones ambientales y geográficas mejor podía seguirse, designó una serie de lugares en los que serían recibidos los científicos y astrónomos más significativos de medio mundo. Lugares tan atrayentes como los altos picachos de la provincia de Guadalajara, que pillaban en la mitad del reino y se podía ver al sol y a la luna venir y marcharse; los picachos cántabros, por aquello de que por allí vendría; y las costas valencianas, por donde tomarían las de Villadiego.

   Tanta expectación levantó el asunto que Su Majestad la Reina anunció que iría allí donde mejor se viese el enlace entre los astros. Y, como no podía ser menos, lo mismo anunció su cuñado, don Antonio. Y como tanto cariño se tenían, por la punta de atrás, Su Majestad la Reina y su cuñado, el Duque de Montpensier, si la reina anunciaba que iría a Atienza, al día siguiente lo anunciaba el duque, con lo que la reina, al tercero, daba cuenta de que lo vería desde el Moncayo, y… terminaron viéndolo, el duque desde Sagunto y la reina desde Aranda de Duero.




   Sucedía que nuestra provincia, tan avanzada para según qué cosas pecaba, por aquellos tiempos, de comunicaciones. Atienza y Jadraque estuvieron entre los puntos centrales señalados por el Gobierno para recibir a las comisiones extranjeras. El problema estaba en que, sin ferrocarril ni carreteras, ¿cómo se hacía llegar hasta estos lugares el equipo científico?, y no sólo eso, a los científicos mismos. Por lo que uno de los ejes centrales de la observación se situó en la cima del Moncayo. Los europeos, desde Europa, podían llegar cómodamente hasta Tudela y desde allí tomar una reata de mulas arrieras que los subiese a la cumbre. Que así lo hicieron, entre otros, don Léon Foucault, el del péndulo, que además era un entendido fotógrafo.

   Advertencias las clásicas para la época: que se tuviese cuidado, en el momento del  suceso, con los caballos, que se detendrían en seco en el momento en que el día se hiciese noche, aunque por segundos fuere; que ojo con las aves, que volando dejarían de volar y podían caer encima del paseante descalabrando al menos precavido… Cosas por el estilo.

   Claro está que los reverendos párrocos de aldeas, lugares y villas, en previsión, y para ponerse, quien lo deseare, a bien con el Altísimo, anunciaron que durante los días previos, y en los momentos de mayor gravedad, mantendrían abiertas de par en par las puertas de iglesias y capillas, con exposición permanente del Santísimo, para invocar el celestial consuelo.

   Hubo alcalde que, hechas cuentas, y tratando de calmar a sus administrados, emitió bando con significativa elocuencia en la que venía a decirles que no habían de temerse cosas malas; que esto, lo de los eclipses, ya venía sucediendo desde siglos atrás en Europa, y el que sucediese en España era algo bueno, porque nos hermanaba con los europeos. Que entonces España era, para algunos asuntos, más que el Sur de Europa, el Norte de África.

   Se estaba llevando a cabo, por aquellos días, la construcción de la vía férrea que desde Madrid, siguiendo la línea del Henares, atravesaría Guadalajara para llegar a Zaragoza primero y Barcelona después. La línea férrea que trazó, o de la que sacó tajada, nuestro amigo el bueno de don José de Salamanca y Mayol, que pocos años antes había expoliado, como arrendador, las salinas de Imón y La Olmeda. Expoliado porque se había llevado los beneficios sin invertir en su mantenimiento con la anuencia gubernativa; mantenimiento al que estaba obligado.

   E ideó don José la manera de que el eclipse se convirtiese en el lanzamiento publicitario de su vía férrea, desde Madrid hasta las cercanías de Jadraque, que eran los tramos que ya estaban, más o menos, en función. Hasta Jadraque no llegaban, pero poco faltaba.

   Y don José encargó a su hijo, don Fernando, la expedición que había de llevar, al confín del mundo, es decir, Atienza o Jadraque, a los expedicionarios. Los expedicionarios: el  marqués de la Vega de Armijo, el duque de Sexto; diputados, senadores, banqueros… La flor y nata de las glorias del reino. Que pudo, también, llevar a Su Majestad la Reina y a Su Alteza, el Duque de Montpensier, aunque estos declinaron la invitación.

   Y se montó un convoy especial que, desde Madrid, los llevase hasta… hasta donde pudiera llegar el ferrocarril. Y madrugaron, porque el tren salió puntual, a las siete y media de la mañana, con previsión de llegar, a donde fuese, a eso de la una del mediodía, porque lo del sol y la luna tendría lugar a eso de la una y media. 



   A las nueve y media de la mañana llegaron a Guadalajara, dos horas en tren  pasan volando aunque abren el apetito, por lo que en nuestra capital se sirvió a los invitados un suculento desayuno, a base de chocolate y picatostes sin descender de sus coches correspondientes claro está, mientras se daba tiempo a que llegase, para unirse a la comitiva, el señor Gobernador Civil de la Provincia, D. Pedro Celestino Argüelles, y altos representantes de las Alcarrias. Como don José de Salamanca había pensado en todo, incluso en lo de que les entraría la gazuza por el camino, se llevó, para aplacar los estómagos más exigentes a quien entonces era, en la capital del reino, el mago de los fogones. Don Emilio Lhardy. El del figón de la Carrera de San Jerónimo.

   Los excursionistas se entretuvieron demasiado escuchando las ventajas y encomios que, en torno a la vía férrea y sus puentes, les fueron detallando al por menor los ingenieros de la obra, y cuando quisieron darse se les echó la hora encima. El jefe de la expedición advirtió que ni a Jadraque podrían llegar, por lo que tres o cuatro kilómetros antes de alcanzar los pies del castillo del Cid hubieron de descender sus señorías. Claro, previsto estaba el por si acaso, y los arrieros de los pueblos vecinos prevenidos con sus caballerías para subir a sus señorías a los altos de Miralrío donde, abierta a propios y extraños, como en media España, se encontraba la iglesia. Condes, duques, marqueses, banqueros, ilustres y excelentísimos, que quisieron asumir el riesgo, tomaron por la embocadura de la escalera de la torre de la iglesia hasta llegar a su campanario poco antes de que, allá en el horizonte, sol y luna comenzasen el baile que preludia la cópula astral.

     Extasiados contemplaron el evento. Tanto que el cronista de la expedición, escribió: Hacía el Norte y a una distancia que perfectamente se dominaba con la vista se destacó majestuosa la sombra que debía recorrer 2.000 leguas y que pasó el horizonte en pocos segundos. Hacía el sur se descubría el día, aunque modificada su claridad. Y en Miralrío se retrocedió a los primeros crepúsculos de la mañana. Dudamos que pueda ser más placentero observar un eclipse total bajo la zona de completa sombra que en el término medio elegido por la comitiva de aficionados a quienes con tanta finura obsequió la empresa de los ferrocarriles de Madrid a Zaragoza…

   Porque después llegó el suculento ágape, preparado por el Sr. Lhardy junto al castillo de Jadraque, para celebrar que no pasó nada. Que la tierra, y la Naturaleza, siguieron su curso.

   Bueno, unos cuantos descalabrados hubo. De aquellos que, por mejor ver, se subieron a los árboles, torres y tejados y, de la emoción… Pero ni pararon en seco los caballos, ni se helaron las fuentes, ni corrieron a ocultarse las gallinas, ni se cayeron los pájaros.

   Alguna cosa más pasó, pero eso se cuenta en “El Moncayo de Foucault”, que es otra historia. Lo que está claro es que, desde los altos de Miralrío y Jadraque, se tiene una de las mejores vistas de la provincia, hacía la Serranía y al valle del Henares, que es conjunción de Huertos y Castillos en la prosa de José Antonio Ochaíta, de amaneceres cálidos y atardecidas radiantes.

Tomás Gismera Velasco
Nueva Alcarria/Guadalajara/9 de febrero 2018

viernes, febrero 09, 2018

MEMORIA DEL HOLOCAUSTO EN GUSEN-MAUTHAUSEN



Y de Gil Ruiz Domínguez, que nació en Atienza


   Cuando a través del alcalde de Champs-Geraux, un pequeño pueblecito de la Bretaña francesa, me puse en contacto con Julia y Mercedes Gil Pérez, hijas de Gil Ruiz Domínguez y Juliana Pérez Borderas y les conté mis planes, recuperar su memoria, no concebían que alguien se interese por su padre tanto tiempo después. La última vez que lo vieron fue un día de primeros de febrero de 1939, en una estación de tren cercana a Colliure, en Francia. Era de madrugada cuando las introdujo en un tren, junto a su madre. Unos segundos más tarde se perdió, para siempre, en la oscuridad de la noche. Ambas recordaban ese éxodo que hemos visto en fotos, noticiarios y películas. El éxodo que nos recuerdan las guerras y nos envían la instantánea de unos ojos de niño comidos por el miedo, el hambre y el frío. Y que nos apedrean a diario, desde la tierra o el mar.



   Recordaban que un día, vísperas de Navidad, su padre apareció en casa vestido de uniforme y contó que en España había una guerra. Y recordaban que un mes de enero tomaron el camino del exilio, cruzaron la frontera cubierta de nieve por las cercanías de Puigcerdá, subieron al tren y alguien, días después, les llegó con un tazón de sopa de cebolla; amanecieron en aquel pueblecito, Chamsp-Geraux, que se prestó a acoger a unos cuantos de aquellos españoles, mujeres y niños, que salieron de un tren, entre vacas, en la estación de Saint Brieuc. Habían atravesado, desde que las subieron a él, media Francia en dos días con sus noches. De su padre no volvieron a saber hasta  que meses después, a través Cruz Roja, les llegó una carta diciendo que se encontraba en un campo de retención de españoles, Le Vernet, en Ariege. Allí coincidió con un amigo escritor, Max Aub.

   Su nombre, el de Gil Ruiz Domínguez, se me apareció en una relación de españoles muertos en los campos de concentración alemanes, en Mauthausen. Me llamó la atención el que su lugar de nacimiento fuese Atienza. Mi pueblo. Es lo que conté a sus hijas a través del correo. Quería contar su historia. Hacer memoria de un hombre del que el tiempo se olvidó.

Gil Ruiz Dominguez
   Había reunido todos los datos posibles sobre su persona. Supe que fue impresor en el Madrid de los años 30; que su imprenta se encontraba en los bajos de un edificio de la calle Tarragona cerca de la estación de Atocha. Supe que su hermano menor, José, murió en el famoso desastre de Annual, y que el mayor, Claudio, marchó a Cuba y se estableció La Habana. Y con el tiempo supe que las hijas de Claudio lo estuvieron buscando hasta que fallecieron. Eso me lo contó su bisnieta, Landy, después de que leyese algo, escrito por mí, en torno a él. Y me mandó fotos que yo envié a las hijas de Gil.  Y supe, a través del Memorial Mauthausen Archives de Viena, lo que sucedió en Gusen. También me llamó la atención que, mientras en los archivos españoles era complicado investigar, desde Austria se me remitió lo solicitado en 24 horas, a través del correo electrónico.

   Gil Ruiz Domínguez nació en Atienza el 1 de septiembre de 1901. La ficha del “libro de los muertos”, una especie de libro de fábrica, de entradas y salidas, que los alemanes registraban con todos los aconteceres de su “mano de obra”, recoge los datos de Gil. Llegó a Mauthausen, procedente de la prisión alemana de Fallingbostel, el 8 de septiembre de 1940.  Con él llegaron los guadalajareños Fernando Checa Domínguez y Sebastián Mena Sanz, naturales de Olmeda de Cobeta, que lograron sobrevivir.

   Sus hijas conocieron este dato años después de su muerte, y del fin de la II Guerra. La última carta que les llegó estaba fechada el 3 de abril de 1940, en ella daba cuenta a la familia de que se encontraba en la Compañía de Trabajadores Extranjeros del Ejército francés, que emplearon a los españoles en las trincheras de la “Línea Maginot”. Una segunda carta les informó de que su Compañía había caído prisionera y se encontraba en una vieja fábrica de zapatos convertida en prisión, y una tercera les comunicaba que había sido reconocido, junto a cuantos se encontraban en aquella situación, como “prisioneros de guerra” amparados por el convenio de Ginebra. Fue lo último que supieron de él. Hasta que terminó la guerra y esperaron su regreso. Y no regresó.

   Lo cierto es que los españoles que se encontraban junto a él, sin respetarse aquel convenio internacional, ni por las autoridades alemanas, ni francesas, ni  españolas, fueron enviados al campo de concentración de Mauthausen, donde Gil entró aquel 8 de septiembre y fue registrado con el número 4.461. El “Libro de los Muertos” recoge que se le hizo una operación en una pierna el 15 de noviembre de 1940. Uno de aquellos espeluznantes experimentos a que tan aficionado era el director médico del campo, Aribert Heim, tristemente conocido como “el doctor muerte” o “el Carnicero de Mauthausen”. Gil sobrevivió, puesto que ingresó el 24 de enero de 1941 en el todavía más siniestro campo de Gusen, donde se le registró con el número 9.651. Gusen, catalogado como campo de categoría III (o campo sin retorno), fue en realidad un campo de exterminio en el que los internados morían realizando trabajos forzados, extrayendo y transportando piedras de su famosa cantera, subiéndolas a través de los no menos famosos 186 escalones de la muerte. Llegar al final era comenzar a subirla nuevamente, a irse muriendo poco a poco.

Gil Ruiz Domínguez -centro- en el campo de Ariege (Francia)


   El “Libro de los Muertos” recoge que Gil murió de una “afección pulmonar”, el 4 de noviembre de 1941. De la poca credibilidad en torno a las causas del fallecimiento de Gil Ruiz Domínguez,  conforme al informe de la Cruz Roja de Berlín de 1943 y revisado en 1967, nos da cuenta el número de fallecidos españoles por la misma o semejante causa, a lo largo del mes de noviembre: El día 1 se registraron 25 fallecidos españoles. El día 2, 35; El día 3, 34. El día 5, 33…. y así a lo largo del mes, con días de hasta 50 y más… Su ficha dice: la causa de la muerte no tiene por qué ser la real.

   En ese mismo mes, en Gusen, también encontraron la muerte los guadalajareños Ricardo Herranz Martínez, de Esplegares, el día 2; Francisco Moracho Martínez, de Solanillos del Extremo, el 3; Fermín Pérez Aráuz, de Checa, el 8; Quintín Villaverde Foguet, de Masegoso de Tajuña, el 9; Julián Alonso Herranz, de Tartanedo, Estanislao Ruiz López, de Trijueque, Andrés Villanueva Ballesteros, de Albalate de Zorita y Antonio García Hombrados, de Torremocha de Jadraque, el 12; Guillermo Vindel Cucharero, de Viana de Mondéjar, el 14; Nicolás Alabreu Merino, de Medranda, Santos Gálvez Aguirre, de Valdegrudas, Felipe Mellado Mellado, de Milmarcos y Luis Jabonero Arroyo, de Fuentelencina, el 17; Claudio Peñuelas Escarpa, de Gascueña, el 19; Eugenio Martín Sanz, de Albendiego, el 25; Román Alda Bolaños, de Anguita y Antonio Hernández García, de Torremocha, el 28, y Robustiano Diez Aguilar, de Anguita, el 29. Algo más de medio centenar de naturales de la provincia encontraron la muerte en los campos de Mauthausen y Gusen entre 1940 y 1945.

   Su mujer e hijas, las de Gil Ruiz, no supieron lo que le había sucedido hasta seis años después. Cuando tras la liberación del campo la Cruz Roja encontró aquellos libros y fueron descifrados página a página. La comunicación de su muerte llegó cuando el Ayuntamiento de Champ-Geraux se disponía a inaugurar el monumento a los “caídos por Francia”, naturales de aquel lugar. Por unanimidad, el Ayuntamiento acordó incluir el  nombre de Gil Ruiz Domínguez en aquel monolito. El Alcalde, en el acto inaugural, declaró: “Francia no ha tratado bien a los republicanos españoles, pero no todos los franceses somos iguales. Gil Ruiz murió por Francia, por su libertad, nosotros así lo proclamamos”.

   Años después a su viuda e hijas les fue reconocida la nacionalidad francesa, aunque no renunciaron nunca a la española.

Monumento a los muertos por Francia, en Champs-Geraux


   Gil Ruiz Domínguez, natural de Atienza, fue el primer español cuyo nombre se incluyó entre los “muertos por Francia”. En España nada lo recuerda. Su muerte se inscribió en el consulado  de España en Viena cuarenta años después de ocurrida, tomo II, página 164…

   Mercedes Gil Pérez, de cuando en cuando me remite un correo; me da cuenta de su saludable estado de salud, a sus 84 años de edad y me repite que aquello, lo de que el holocausto nunca debió de haber ocurrido, y que hay que memorarlo para que no suceda nada igual. Y  poner nombre y cara a quienes lo padecieron. Para que se conozca lo que sucedió y nos haga pensar.

 Pero el mundo, y quienes lo gobiernan, resulta en ocasiones tan complejo de entender…

Tomás Gismera Velasco
Nueva Alcarria, 9 de febrero de 2018

viernes, febrero 02, 2018

CANTALOJAS DEL AIRE SANO



Memoria de José López Palacios


   Fue don Félix José López Palacios uno de aquellos médicos a medio camino entre el siglo XIX y el XX, a los que tocó luchar contra mil y una creencia y supersticiones, en aquello de llevar la medicina a los pueblos más apartados de nuestra España. En este caso a Cantalojas, a donde don José llegó en 1893.

   Acababa de cumplir los 40 años de edad, y tras varios destinos similares aceptó el cargo que allí se pedía, con un jornal anual de 250 pesetas como médico de la Beneficencia municipal, más las igualas particulares, que le permitían mantener a la familia; mujer y tres hijos. Y de tal manera le cautivó la localidad que a poco de llegar se empeñó en escribir una ligera historia de aquel pueblo. Pueblo que lo recibió con los brazos abiertos. Su alcalde llegó a redactarle unas cuantas cartas que hoy llamaríamos de buena conducta y recomendación, cuando nuestro hombre se decidió a presentar ante la Real Academia de la Historia su mediana “Historia de Cantalojas”, a fin de participar en uno de aquellos concursos históricos tan en boga para los tiempos. El premio “Calvo y Martín”, en su edición de 1905. Su obra ni alcanzó la gloria ni fue seleccionado para llegar a la final, al considerar el jurado que no reunía las condiciones que las bases exigían.



   Nuestro buen don José en lugar de ceñirse estrictamente a las bases, se lanzó a escribir un ensayo medico en el que dejó reseña de la breve historia del lugar, y de lo que para el futuro debía convertirse aquella tierra, en base a la pureza de sus aires. Eran tiempos en los que los madrileños pudientes y gentes de bien vivir buscaban, ya fuese en invierno o en verano, los aires cálidos y sanos del Pirineo o Cantabria, para el reposo del cuerpo y el espíritu. La Real Academia no valoró aquel trabajo. No obstante, para nosotros el documento no deja de ser valioso por lo que representa de conocimiento sobre un pueblo que, como tantos otros, se decía que no tenía historia, o no se conocía, o tan remotos eran sus orígenes, que se perdieron en la noche de los tiempos.

   No deja de ser en algunos casos inocente la interpretación del pasado desconocido. Una inocencia que lo dota, si cabe, de mayor sentimiento. Sobre el origen de su nombre nos dice: Acaso por los violentos huracanes y casi constante viento Norte, que azotara con fuerza las hojas de los árboles, que en gran número poblaban los alrededores, produciendo ese ruido especial, de agitado oleaje, viniera la denominación de Canta la Hoja, y que por modificaciones de lenguaje haya terminado en el nombre actual de Cantalojas.

   Y nos habla del clima, sano, de aquella población y de su entorno. Y del sueño que lo acompañó desde el primer día. Fundar en Cantalojas un hospital para que las gentes acudieran, como lo hacían a los balnearios norteños a tomar las aguas, a respirar el aire puro de aquel mundo entre pinares: Muchas veces se me ha ocurrido al pasar por estos deliciosos lugares que si por ellos cruzara próxima una línea férrea, si la construcción de carreteras y caminos vecinales fueran una verdad en esta olvidada región, si los medios de transporte se hicieran fáciles en esta sufrida y desdichada comarca rural, qué hermoso punto de residencia para establecer estaciones o sanatorios de verano.
   Fue, igualmente, durante el tiempo que permaneció en Cantalojas, maestro de la escuela de niños, por lo que no resulta extraño que se muestre crítico, sobre todo, con el aspecto de la cultura. Pues tras dejar un reflejo exacto de la situación médica del pueblo en los diez años en los que permanece, con un listado de los fallecimientos, nacimientos y matrimonios, aborda el tema más complejo: La situación local, en cuanto a casa-habitación, trabajo, etc.:




(Accedes a los libros pulsando sobre su título)


      El casco de la población está formado en general de casas bajas, pequeñas y húmedas, con insuficiente luz y ventilación, y donde la higiene brilla por su ausencia. Una reducida y humosa cocina, una pequeña salita, en cuyo fondo suele haber otra habitación más reducida, triste y lóbrega, sin aireación y apenas con entrada, y a esta especie de tumba o nicho la llaman alcoba. Alcoba del pobre que tiene por excusa de su pequeñez, la pobreza misma; allí, en aquel  antro y oscuro recinto, sobre un lecho sucio y mal oliente, dan con sus fatigados cuerpos toda la familia, padres y pequeñuelos, envenenando sus pulmones en aquel mefítico ambiente.

      Hoy Cantalojas es un pueblo hermoso, y con hermosas casas que dan a la población un aspecto de villa vacacional, puesto que la mayoría de sus casas se encuentran cerradas y únicamente se abren en el buen tiempo, cuando quienes salieron del pueblo en busca de mejores medios de vida, retornan. Entonces, cien años atrás, sus calles eran desiguales, mal empedradas, las que lo están, y sucias por el continuo paso del ganado, intransitables muchas por los barros, pues los inviernos son largos y fríos, lloviendo y nevando sin cesar

  Ya no nieva ni llueve como entonces, cuando el pueblo quedaba incomunicado con el resto del mundo por espacio de dos o tres meses,  porque para llegar a él no había siquiera carretera: Poco puede decirse en cuanto a vías de comunicación, pues con afirmar que no existe ninguna era punto terminado. Desgraciadamente esta pobre y sufrida comarca no cuenta en su término con ninguna carretera, camino vecinal ni nada, en fin, que indique los adelantos y civilización de nuestro siglo



   A pesar de que contaba con una población que superaba el medio millar de personas, 630 almas, nos dice don Félix José, las que, a pesar de vivir de forma poco menos que mísera, habitaban sus humildes casas compartiendo espacio con los animales de labor, y de alimento: constituyendo un foco de infección, donde establecen amigable consorcio la vaca y el asno, el cerdo y las gallinas. Claro que había alguna que otra que se diferenciaba de las anteriores, aquí eso es la excepción, lo general es la pobreza, rayana en miseria, y el cuadro anteriormente descrito. Y sus gentes, pobres pero sobrios, poco pendencieros y aficionados al trabajo. Con esa humildad, o conformismo, que forjó el seco carácter de los serranos. Pero de su aparente sencillez no hay que fiarse mucho, pues recelosos y con malicia son capaces de jugarle al más listo “una partida serrana”.

   No hacía muchos años que había sido remodelada la iglesia, reconstruida prácticamente desde los cimientos en 1866, y se mantenían algunas de aquellas costumbres que han pasado a la historia de la serranía, en cuanto a la forma de despedir a los seres queridos, aunque ya no se enterrasen en el suelo de la iglesia desde aquel fatídico año del cólera, como pasó a la historia el de 1885. Pero se conservaban otras: Otra mala costumbre que debiera desterrarse por completo de los pueblos y terminantemente prohibida por las leyes de Sanidad, es la conducción del cadáver desde la casa mortuoria al cementerio en caja descubierta, pues aparte que el espectáculo es lúgubre y repulsivo por demás, perjudica también a la higiene pública. Ocurría que en aquellos tiempos no estaba todavía generalizado el enterramiento en ataúd, y este era comunal.

   La escuela estaba convenientemente asistida por su maestro y su maestra, a pesar de que el local no reuniese las características necesarias para acoger a los más de sesenta alumnos que acudían; claro está que lo hacían cuando en la casa familiar no se precisaba de su mano para acudir a las faenas del campo o echar una mano con los rebaños.



   Concluye, por último, con una queja, y una esperanza: Termino este modestísimo trabajo diciendo que la cultura y bienestar de un pueblo consiste en la facilidad, en sus medios de comunicación, en la higiene, y la cultura, y si en cada pueblo se levantó un templo para el culto divino, la España moderna y regeneradora debe levantar otros dos hermosos y dignos en cada pueblo, villa y aldea en cuyos frontispicios se lea con grandes caracteres, en el uno “Escuela-Instrucción”, y en el otro “Higiene-Sanidad”.



   TRES LIBROS PARA CONOCER ATIENZA A FONDO.




   Abogando por que, dado lo puro de su clima, podría ser, con buena voluntad de los dirigentes políticos de la provincia, la mejor estación de reposo veraniego, para la delicada y siempre exigente sociedad madrileña.

   El informe es mucho más extenso, tanto que no cabe en estas apretadas líneas; pero digno de tenerse en cuenta, porque refleja la vida, e historia, de un pueblo que, como tantos, solía decirse que no tenía historia. O se perdió, como en aquellos tiempos se perdían y en los actuales se pierden las promesas, por la emboscada maraña de los despachos oficiales.

Tomás Gismera Velasco
Nueva Alcarria, 2 de febrero 2018