martes, abril 17, 2018

GABRIEL DE LA PUERTA Y RÓDENAS. UN SABIO DE MONDÉJAR



GABRIEL DE LA PUERTA Y RÓDENAS. UN SABIO DE MONDÉJAR.

   Que un señor de Mondéjar escriba un tratado sobre el vino, a estas alturas, y conociendo la tradición vinícola de la localidad, a nadie extrañaría. La obra, que llevó por título “Instrucción teórica práctica sobre la elaboración de los vinos”, vio la luz en 1875 y se debió a un hijo de la localidad que por aquellos tiempos triunfaba en la capital del reino. Su nombre: Gabriel de la Puerta y Ródenas.

   Don Gabriel, todo un caballero de aquellos del siglo XIX que se nos pintan en series televisivas, unido a un balneario, el de Carabaña y sus aguas. Aunque a él llegó después de su tratado sobre el vino. Que fue uno cualquiera de sus libros, ya que escribió muchos más. Todos de investigación.

   Fue hijo, don Gabriel, de todo un señor notario que ejercía su profesión en el Mondéjar de los comienzos del siglo XIX. Allá estaba establecido después de la francesada y de la famosa década a la que nos condenó aquel rey que, de deseado, pasó a ser el más odiado.



   La escuela de Mondéjar fue la primera que nuestro personaje pisó, y donde aprendió las primeras letras, antes de pasar al Instituto de San Isidro, de Madrid, de donde saldría Bachiller, para continuar estudios en la Universidad madrileña, de la que saldría doctorado en Farmacia, en 1862.

   Sus aptitudes las demostró ya en los comienzos de la carrera, colaborando con los profesores y más tarde con el Colegio de Farmacéuticos. Dedicándose, en lugar de establecerse detrás de un mostrador a despachar fórmulas magistrales, a la docencia, llegando a ser Catedrático numerario de la Facultad de Farmacia, en la Universidad. El primero, cuenta la historia, en utilizar el microscopio para el reconocimiento de la estructura de los vegetales.

   Su nombre fue creciendo al compás que su trabajo y estudios, alcanzando en la década de 1870 un renombre que lo llevaría a emparejarse con quien más tarde sería Premio Nobel, don Santiago Ramón y Cajal.

   Aparte de las comisiones gubernamentales y reales en las que participó, la Real Academia de Medicina lo nombró Académico de número en 1878, formalizando su ingreso dos años más tarde, versando su discurso de ingreso sobre la “Influencia de las Plantas en la Salud Pública”.

 Tres nombres para la historia de Guadalajara, en tres libros únicos.
Tres biografías. Tres historias. Tres formas distintas de ver Guadalajara.

   También ocupó silla en la Real Academia de Ciencias, en la que ingresó en el mes de junio de 1881, y en la de Farmacia, de la que fue nombrado Vicepresidente y más tarde elegido Presidente de la misma. Cuando desempeñaba la Cátedra de Química Inorgánica en la Facultad; la provincia de Guadalajara lo había designado Diputado a Cortes por el partido de Pastrana, y la ideología de don Práxedes Mateo Sagasta; y la Real Academia de Medicina, en uso de sus facultades, lo nombró Senador por esta Real Institución. A más de ser Consejero de Instrucción Pública y… decenas de cargos más que compaginó con el estudio y la edición de algunas grandes obras que han llegado a nuestro tiempo y son, todavía, objeto de estudio y culto. Entre ellas el “Tratado de Química Orgánica General y aplicada a la Farmacia, industria y agricultura”, de 1879, o “Botánica descriptiva y determinación de las plantas indígenas y cultivadas en España de uso medicinal, alimenticio e industrial”, que vio la luz en 1891. Además, dicho queda, de comercializar la famosa “agua de Carabaña”, a partir de 1883.

   A pesar de su vinculación política, y del renombre por el que fue conocido dentro y fuera de España, pasó por la provincia de Guadalajara prácticamente de puntillas, pues no comenzó a reconocerse su nombre, como suele suceder en muchos casos, hasta después de su muerte.

   Días después de su entierro, uno de tantas periódicos que entonces se publicaban en la capital, nos decía: logró para algunos pueblos de nuestra provincia algunas cantidades de propios, e hizo incluir en el plan general de carreteras las que sus paisanos y amigos le pidieron. Dotó de bibliotecas populares a varios pueblos, y siempre tuvo la puerta abierta a sus paisanos…

   Su muerte, de forma inesperada en aquel Madrid en el que dejó su ciencia, el 2 de julio de 1909, causó una gran impresión en las reales academias, así como en la Universidad. Su entierro, al día siguiente, fue motivo de una gran manifestación de duelo de la que tomaron parte de la inmensa mayoría de alumnos de las facultades de Farmacia y Medicina. Desde cualquier foro se coincidía en advertir que había muerto “una gloria de las ciencias españolas”.

   En el  mes de febrero de 1910 rindieron tributo a su memoria las reales academias en Madrid. Guadalajara, y su localidad natal, Mondéjar, todavía tardarían unos cuantos años más en incluir al sabio entre sus hijos predilectos. Hasta el mes de septiembre de 1926 cuando, con motivo de las fiestas de la localidad, el día 15 fue descubierta una placa dando su nombre a una de las calles de la villa.

   Don Gabriel de la Puerta y Ródenas nació en Mondéjar (Guadalajara), el 16 de marzo de 1839, falleciendo en Madrid el 2 de julio de 1909, a los sesenta y nueve años de edad.
 
Tomás Gismera Velasco.

lunes, abril 16, 2018

LUISA DE MEDRANO. LA CATEDRÁTICA

LUISA DE MEDRANO, es la primera mujer que da cátedra en una Universidad, la de Salamanca, y ocupa por ello un lugar en la historia.

Hace tiempo, en los comienzos del siglo XX, fue redescubierta para la historia de la docencia universitaria por la catedrática alemana Theresse Oettel, quien llevó a cabo un estudio que ha servido de base para las posteriores investigaciones en torno a uno de los personajes más desconocidos de la historia de Atienza.

El silencio de los siglos se rompió con ese estudio, a pesar de que, desde el siglo XVI el nombre de Luisa de Medrano, en ocasiones alterado con el de Lucía, venía siendo repetido en numerosos trabajos que hablaban de la Universidad salmantina, del reinado de Isabel la Católica, en el que las mujeres comenzaron a destacar. En el que comenzaron a caminar las “docta puellae”.




La historia de los Bravo de Laguna, de los Medrano, ha sido ampliamentedocumentada por Gismera Velasco, quien a través de numerosos artículos de prensa, charlas monográficas e inclusiones biográficas en numerosos libros dedicados al tema, han ido abriendo paso a otros investigadores para llegar a personajes de la familia como el capitán comunero Juan Bravo, o la no menosinteresante Catalina de Medrano, hermana de nuestra protagonista.

En Luisa da Medrano, la primer catedrático, el autor nos presenta al personaje en el antes y después de su ascenso a la gloria universitaria. En el entorno familiar, y en el real. En la corte de Isabel la Católica y en la de la reina Juana. A través del ayer, y del hoy; en el mundo efímero de la gloria, y en el silencio eterno de los siglos.




El índice documental de este, que denomina apunte biográfico, nos introduce en la vida de Luisa de Medrano, un personaje todavía por descubrir para la historia cultural de España:

-Luisa de Medrano, la primer catedrático
-Luisa de Medrano, la familia
-Luisa de Medrano, ¿En la corte de Isabel la Católica?
-Las mujeres ilustradas en el siglo XVI. Las Puellae Doctae
-Luisa de Medrano, en Salamanca y su Universidad
-Luisa de Medrano, en los libros
-Luisa de Medrano, ejemplo de mujer
-Luisa de Medrano, un epílogo que no lo podrá ser.




Sin duda, una aportación, de la LUISA DE MEDRANO, LA PRIMER CATEDRÁTICO, que pone a nuestra protagonista en el lugar que le corresponde, junto a la villa de Atienza, su patria natal.




Gismera, y su obra, han sido reconocidos en numerosas ocasiones, destacando premios recibidos como el "Alvaro de Luna", de historia, de la provincia de Cuenca, ( en dos ocasiones); "Eugenio Hermoso" (de Badajoz); "Serrano del Año" de la Asociación Serranía de Guadalajara", "Popular en Historia", del Semanario Nueva Alcarria; "Melero Alcarreño", de la desaparecida Casa de Guadalajara en Madrid; Alonso Quijano de Castilla la Mancha; Turismo Medioambiental del Moncayo, de Zaragoza; Paradores Nacionales; Radio Nacional de España;  Primer Encuentro Nacional de Novela Histórica; Recreación Literaria de Córdoba; Hispania de novela hisórica; Federación Madrileña de Casas Regionales; etc.


   En la actualidad es colaborador ocasional de varios medios de prensa, radio y televisión de Castilla-La Mancha y Castilla-León;  siendo habitual su firma, semanal, en el bisemanario de Guadalajara "Nueva Alcarria", edición papel, en donde lleva a cabo la sección "Guadalajara en la memoria"; así como en el digital "Henares al Día"; donde tiene a su cargo la sección "Gentes de Guadalajara"; habiendo sido colaborador de otros medios como "Cultura en Guada"; "Arriaca", Cuadernos de etnología de Guadalara, de donde ha sido vocal del Consejo de Redacción; etc. Siendo fundador, coordinador y director de la revista digital Atienza de los Juglares, de perioricidad mensual, fundada en 2009, y reconocida como una de las mejores, en este contexto, editadas en la provincia de Guadalajara, de repercusión nacional y carácter altruista.

domingo, abril 15, 2018

ARRIEROS, TRATANTES Y MULETEROS DE GUADALAJARA


ARRIEROS, TRATANTES Y MULETEROS DE GUADALAJARA
Atienza y Maranchón estuvieron a la cabeza en el comercio de ganado mular en la provincia


   A pesar de que hasta finales del siglo XIX no fue un comercio enteramente lícito, el de la trata, compra, venta y cría de ganado mular; a finales del siglo XVIII Atienza, si caso hacemos a don Pedro Rodríguez de Campomanes, estaba a la cabeza, dentro de la provincia de Guadalajara,  de los muleteros, o tratantes de mulas, de esta tierra. Algo que nos confirman las respuestas a aquel famoso interrogatorio para la única contribución, el famoso Catastro de Ensenada, en donde aparecen en la villa castillera, dedicados parcialmente a este comercio, nada menos que setenta y una personas.

   Setenta y un tratantes que, unidos a las dos docenas que se juntaban entre Madrigal, Miedes, Cincovillas, Alcolea de las Peñas y Paredes, nos dan cuenta de que la compra y venta de mulas, por aquí era un emporio de grandes dimensiones. Las traían, los de Atienza, de Vizcaya, Asturias, Zamora y León; tierras frías, ya que al parecer la mula se criaba mejor en aquellas que en las templadas. Las adquirían a bajos precios y en Castilla, Valencia, Aragón y La Mancha las multiplicaban el precio.



   Todo ello fue mucho antes de que apareciesen los famosos muleteros de Maranchón, que a todos estos les comieron el negocio en un pis pás. Los de Maranchón permanecieron en el tiempo y la memoria colectiva a través de la literatura y los de Atienza se quedaron a verlas venir y pasaron, obligatoriamente, como sus arrieros, al olvido. Es una consecuencia de la unión. Mientras que los de Maranchón acudían unidos a las ferias, para comprar a la baja y repartirse las ganancias sin perjudicarse mutuamente; los de Atienza, más individualistas, fueron siempre a su aire, mirando a ver a quien podían perjudicar en su propio beneficio, eliminando la competencia sin fijarse que, al final, terminarían devorándose ellos mismos. Y así fue como desapareció la muletería de Atienza y localidades aledañas, mientras que en Maranchón creció hasta extremos nunca vistos por cualquiera parte de España.

   No está clara la fecha del inicio del negocio de la muletería en Maranchón, si bien es sabido que fue bastante posterior a la Guerra de la Independencia, y a su famosa feria, que dio comienzo en 1806 para celebrarse en coincidencia con la Virgen de los Olmos, el 8 de septiembre, en competencia con otras comarcanas, como la primera septembrina de Jadraque, que tenía fecha fija en el 8 y el 9 de ese mes, antecesora de la de San Mateo, a partir del 21.

   El recientemente desaparecido José Ramón López de los Mozos, cronista de Maranchón, entre otras cosas, dio a la luz pública un documento de venta de una mula entre maranchoneros y vecinos de Quer, mediante contrato signado en el otoño de 1825. Pero el documento habla, claramente, de una mula.



   De muchas más tenemos constancia cuando ya la población se dedicaba abiertamente al negocio, cuando en los últimos estertores de la primera guerra carlista los partidarios del pretendiente don Carlos de Borbón, en su retirada en el invierno de 1840, estragaron los de la comarca molinesa y al pasar por Maranchón, como no pudieron llevarse otra cosa, marcharon con las mulas que sus vecinos tenían preparadas para la feria de Tendilla.

   Es la primera constancia oficial de la muletería con mayúsculas de que tenemos constancia. Ya que el pueblo quedó con aquello medio arruinado, si bien no tardaría en reponerse, ya que años después los maranchoneros eran los amos de todo bicho viviente en las ferias de Barbastro, Huesca, Betanzos o Zamora.

   Llegaban, a las ferias de San Andrés de Huesca, en la última quincena de noviembre, las mejores mulas y muletas de los Pirineos, el Alto Aragón y el Sur de Francia, y allá acudían los de Maranchón a proveerse de material, adquiriéndolas por cientos, desde la década de 1870, de la que tenemos constancia. A partir de la década siguiente la prensa se fue haciendo bocas del trato de esta gente; de lo mucho que compraban y vendían, y lo bien recibidos que eran por aquellas tierras en las que, en la mayoría de los años, por sí mismos, salvaban la feria con su negocio, destacando, entre los mejores en el arte de la muletería don Pablo Castellote, patriarca de toda una generación de muleteros que llegó a adquirir, en las ferias de 1924 nada menos que 16 mulas a 2.000 pesetas por cabeza cuando el precio medio rondaba las 1.200. Sabedor de que, además de ser las mejores, ya que provenían del valle del Tena, las vendería en las ferias de Castilla, prácticamente, a precio doblado.



   En otra ocasión, se nos cuenta por aquellos pagos, los de Maranchón embarcaron sus mulas en nada menos que un centenar de vagones de tren; en cada vagón una media de 20 ejemplares, con destino a Arcos de Jalón, estación más próxima a su localidad.

   En aquellas ferias dominaban el negocio de las mulas lecharas o lechuzas, las recién destetadas; las veintenas y, sobre todo, las treintenas, que ya se podían poner a trabajar y constituían la flor y nata de un negocio que les dio tan increíbles dividendos que convirtieron la villa de Maranchón en una pequeña urbe a cuenta de sus increíbles caserones, donde invirtieron sus riquezas. En aquellos caserones y en la Banca Villodas que tras la quiebra, a 25 millones de pesetas de la época ascendió el desfalco llevado a cabo en los inicios de la década de 1890, dejó a los de Maranchón como el gallo de Morón, sin plumas y cacareando, ya que entre la media docena de familias que se dedicaban a la trata mular perdieron, en la ruina de la Villodas, más de un millón de pesetas; que eran muchas pesetas para aquellos tiempos.



   Suerte tuvieron que, unos años después, vinieron los cañones a alborotar la tierra. Y es que las guerras, ya se sabe, son la caja de la que unos sacan beneficio, mientras otros pierden lo que tienen en propiedad, tal que la vida. Los tratantes de Maranchón, entre 1914 y 1919 ganaron auténticas fortunas con la compra venta de mulas, ya que prácticamente se agotó la especie de los Pirineos hacía arriba, y de los Pirineos hacía abajo, de Zaragoza a Lisboa, los de Maranchón compraron todo bicho que se les puso al alcance y dominaron, como si de una multinacional se tratase, el comercio de la mula.

   Un animal que, desde que el mundo es mundo y el hombre fue creado a imagen y semejanza del Altísimo, no fue bien visto, precisamente porque no había sido creado por Dios. Así que, desde que el mundo es mundo, sin lograrlo, se dictaron órdenes reales en busca de su desaparición.

   No ha sido un tema muy tratado, el de la muletería, en los foros etnográficos, salvo ligeras incursiones por algunos estudiosos maranchoneros, y de la comarca de Molina, entre los que destaca don José Sanz y Díaz; pero siempre ha sido un tema atrayente; en parte porque la literatura los lanzó a la posteridad, desde Galdós, en 1902, a Pío Baroja, años más tarde; del mismo modo que fueron pasto del papel de periódico, desde la famosa Ilustración Española y Americana, a la no menos célebre “Blanco y Negro”.

   Por eso llama la atención el que, lejos de Guadalajara, en Campanario, en la provincia de Badajoz, que también fue patria de muleteros con clase, se dediquen unas jornadas al estudio etnográfico de la muletería. Nada menos que treinta asociaciones culturales se dan cita para tratar de la etnología y etnografía de aquellas tierras que, anualmente, dedican a una profesión desaparecida o suceso histórico digno de recuerdo. Este año toca hablar de tratantes de mulas. Y sus organizadores ah tiempo que fijaron la mirada en la provincia de Guadalajara, y en lo publicado por quien esto escribe, en torno al oficio. Y en Campanario, a honra y gloria de los muleteros pasados, el firmante tendrá el honor de abrir los cursos, para hablar de aquellas gentes que tan gozosamente retrató don José Sanz y Díaz, metidos en su negro blusón. Y parloteando en chalán.
   Los muleteros de Maranchón.


Tomás Gismera Velasco
Guadalajara en la memoria
Nueva Alcarria de Guadalajara, Viernes 13 de abril de 2018

viernes, abril 06, 2018

MIEDES DE ATIENZA. La tierra que el Cid cabalgó


MIEDES DE ATIENZA
La tierra que el Cid cabalgó


      Tiene, Miedes de Atienza, un cierto aire de ciudad en miniatura. De pueblo grande con historia escondida tras cada una de las grandes casonas que orlan la gran plaza en la que ahora se sitúa su Ayuntamiento, y en torno a la cual, actualmente, se desarrolla gran parte de su vida. A don José de Veladíez y Ortega de Castro le hubiese gustado verlo. Ver cómo todo gira, en Miedes de Atienza, en torno a su gran casa; como cuando él se encontraba entre los vivos y se asomaba a sus balcones para dirigirlo todo desde ellos; lo de acá, y lo de allá.




      Lo que tenía que ver con lo humano, y lo que tenía que ver con lo divino; puesto que en vida, cuando aquella ciudadela serrana que pugnaba por hacerse un sitio de privilegio en el mapa provincial se quedó sin iglesia, cuando la torre de Villaramiel, en la lejana Tierra de Campos palentina, aplastó bajo sus piedras el día de las Candelas a la mitad del vecindario, y por si acaso, se paralizaron las obras de la de Miedes, metió en la sala de su casa al Santísimo; y a todo el vecindario para escuchar las misas; que tamaña era que en ella cabían todos. Hasta que el señor cura se hartó de sus caprichos y se llevó al Santísimo a la ermita; con el disgusto de los vecinos, que no cabían en ella y tenían que escuchar la misa al raso. En justa correspondencia, cuando se bendijo el nuevo templo, el 21 de diciembre de 1794, don José no asistió al evento y las crónicas tuvieron que decir que asistió “casi” todo el vecindario. Por no decir que nuestro mandamás tomó las de Villadiego y se metió en su palacete de Atienza. Que en Atienza también se había edificado caserón acorde a su posición social, en calle principal.

   La de don José de Veladíez era quizá una de las más grandes de la villa, y puede que de la comarca; sin que quedasen atrás las de sus hijos, que custodian la primitiva; la de don Francisco, por la izquierda y la de don Roque, por la derecha. La de don Francisco con sus dos escudones oteando la fachada desde lo alto; la de don Roque con su mirador sobre el tejado, a la moda de la Corte. Fue la última en levantarse, en 1818, y su presupuesto fue tan elevado que los encargados de tasar la obra se echaron las manos a la cabeza por el derroche. Sucedía que don Roque María Veladíez se lo podía permitir. Desempeñaba el cargo, cuando empleó los 135.000 reales que le costó una casa que casi nunca habitó, de Tesorero Principal de Rentas de la Provincia. De aquí pasó a la Tesorería Real; a Córdoba, a Jaén, a Tarragona… Allá donde le mandó su cuñado, que fuese uno de los más conocidos ministros de Hacienda del siglo XIX, don José Canga Argüelles.

 
La elegante casona de don Francisco de Veladíez, con sus escudones en la fachada


   Puede que sea, a la par que ciudad en miniatura, Miedes de Atienza, una de las poblaciones que más glorias, a través de sus gentes, ha dado a los reinos de España en comparación con su número de vecinos. Pocos son, de quienes llevaron el apellido Veladíez desde la mitad del siglo XVIII, hasta los finales del XIX, los que no han dejado de inscribir su nombre en los anales de la historia. Desde aquel don José, el mayor ganadero de tierras de Atienza y parte de las provincias vecinas, pasando por todos sus hijos; José María, que representó a la provincia en las Cortes de Cádiz de 1812; Joaquín María, que fue Tesorero de la provincia y presidente de la Junta Superior de armamento; Roque, del que ya sabemos que estuvo ligado a la Hacienda Pública…; sin que faltan militares, sacerdotes o escritores.

   Y es que los tiempos de estos personajes coinciden con el del auge del precio de la lana, que fue el sostén de su fortuna. Don José, que paralizó las obras de la iglesia cuando se reconstruyó de nueva planta en el último tercio del siglo XVIII, para mayor gloria de su apellido se hizo construir una capilla, en pugna con otro de los potentados del lugar, don Juan Recacha. Y con el dolor de cabeza del arquitecto Machuca. Al final cada uno tuvo la suya propia, con la desgracia de que, pocos años después de que nuestro don José pasase a mejor vida, un terremoto, según cuentas, que se dejó sentir en nuestra villa en 1834, derrumbó la torre y arruinó la capilla. Parece que sólo se sintió aquí.
   Nada que ver,  estos prohombres de apellido ilustre en la serranía, con don Lucas González, otro de los nacidos en la villa con anhelo de capital serrana. Don Lucas, que se hizo sacerdote en Sigüenza y fue racionero de la catedral de Sevilla, poco antes de morir ordenó sus bienes, contó sus dineros y encargó a sus testamentarios la fundación de un colegio en Alcalá de Henares para que estudiasen sus paisanos. Sin pretenderlo, don Lucas está en el origen de que muchos vecinos de Miedes marchasen a estudiar, y lo hiciesen con tanto aplicamiento, que en lugar de regresar a la tierra madre marcharon a Madrid a desempeñar altos cargos en todos los estamentos de la sociedad, desde el siglo XVIII en adelante. No sólo de Miedes, también de Hijes, Ujados, Campisábalos, Galve, o los Condemios, entre otros serranos, tuvieron cabida en él.

   Quizá por ello, porque Miedes se estaba quedando sin gente, cuando don José María Veladíez regresó a su tierra y la representó como diputado en Madrid y Guadalajara, se empeñó, y logró, quitarle títulos  Atienza para dárselos a su pueblo; y por espacio de poco más de un año, porque no podía ser, Miedes se convirtió en capital de la Serranía, y cabeza del partido judicial. Si por aquellos entonces las comunicaciones hubiesen estado a otro nivel, sin duda hoy estaría Miedes por encima de Atienza. Y es que, en su apartado rincón, las carreteras no empezaron a facilitar el tránsito hasta bien avanzado el siglo XX. Que parece que nuestros mandamases provinciales tenían fijación con que las carreteras no se trazasen por aquí, sin duda para que los nativos de estos pueblos no los abandonasen. Que fue ponerlas en marcha y comenzar estos pueblos a verse ausentes de los suyos.

La plaza de Miedes, convertida en eje de la villa, con la casa de don José a la derecha, convertida en Ayuntamiento, y la de don Roque al frente con su mirador sobre el tejado


   También ha dado personajes de novela negra este Miedes que hoy es sombra de lo que fue, pues de aquí salió uno de los personajes más curiosos, y novelescos, que ha dado el siglo XX español, Laureano Cerrada, que murió como los grandes espías de novela policiaca; acribillado a tiros a las puertas de un café de París el día de su cumpleaños, y con un cigarro en la mano. Antes había llevado a cabo el más rocambolesco intento de terminar con la vida del Jefe del Estado Español en unas regatas en San Sebastián; y falsificado decenas de miles de billetes de 50 y 100 pesetas que repartió por media España después de que, en una de esas aventuras que sólo salen en las teleseries americanas, se colase en la fábrica de la moneda de Milán, donde se imprimía la moneda española, y se hiciese con las planchas de impresión. La película sobre su vida parece ser que está en marcha, y seguro que tiene tanto éxito como la corrida de toros que se celebró en Nimes mediada la década de 1950, cuando ningún aficionado de la ciudad, ni de los alrededores, se quedó sin entrada, ya que las falsificó por cientos de miles, y luego las regaló. La causa de la muerte: ajuste de cuentas.

   Aunque sin duda el gran personaje que ha marcado para los restos este entorno no es otro que Rodrigo de Vivar, a quien nadie, con anterioridad a la primavera de 1903 conocía por estos pagos. Fue el 23 de mayo cuando don Ramón Menéndez Pidal, y su esposa doña María Goyri, cayeron por aquí, en unión del señor Gobernador civil de la provincia, su hermano don Juan. Llegó para buscar el paso del Cid por estas tierras. Aquel día hubo fiesta grande y, como si acabase de suceder, pocos en Miedes eran los que no recordaron algún pasaje del medieval caballero recién descubierto. Hasta los niños de la escuela lo salieron a recibir y lo siguieron con los ojos, hasta que se perdió camino de la sierra, en busca de “las peñas del Cid”, que dicen que fue donde don Rodrigo hizo noche…

   Son, qué duda cabe, memoria, historias, recuerdos de un pueblo. Páginas de un libro que traza su vida pasada y rememora la de quienes lo habitaron. Y es que, como tantos otros, Miedes de Atienza, que también existe, tiene ya el trazo de su vida recogida en papel de libro, con ese sugestivo subtítulo: “La tierra que el Cid cabalgó”. Donde caben el ayer y el hoy, la villa y su tierra, y hacen presente, para quienes no lo conocieron, el pasado de una tierra hermosa. De una solemne villa que, un día no tan lejano, soñó con ser ciudad.
  
   Tomás Gismera Velasco
Nueva Alcarria de Guadalajara, 6 de abril, 2018