sábado, julio 21, 2012

Somolinos se escribe con S

SOMOLINOS SE ESCRIBE CON S

Bornoba arriba, hacía su nacedero, el río se hace niño en las cercanías de La Laguna de Somolinos, que no es de origen glaciar como se cuenta, y como al viajero contó su amigo y entonces párroco del lugar, un cura joven que se llama don Elías, nació en Megina, es devoto a carta cabal de la Beata Francisca Aldea Araújo y que, harto ya de estar harto, marchó a evangelizar América a comienzos del siglo XXI. Le trajo a la memoria el recuerdo de don Lucas de la Villa, a quien el viajero conoció en Atienza, le introdujo el gusanillo del teatro, y encontró en Madrid, a su vuelta de Brasil, en la Casa de Guadalajara, cuarenta años después de la partida.

El viajero tiene de Somolinos un recuerdo especial. Un recuerdo de novela de Manolo Vázquez Montalbán. De personaje de novela, como el Biscuter que trasiega con el Bromuro unas yemas de Ronda y hablan de pasteles y el Biscuter le cuenta que eso, que de pasteles entiende un montón porque a punto estuvo de ser hijo de pastelero; que el primer novio de su madre tenía una pastelería en Atienza.

El viajero entró en unos de esos cafés de pueblo que tienen aspecto de sala de estar, con estufa y mesa camilla en la que echar un tute o un chilindrón y en la que retiemblan los cafés con el arrastre, veinte en bastos y diez de últimas; y donde una mujer, de esas serranas de cara colorada y aspecto saludable le sirvió un café, no del todo bueno, y tras retirarse al cuchicheo de los de la mesa camilla volvió para espetarle aquello de:

-¿Sabes que podrías ser mi hijo?

El viajero compara las edades. Y Sofía suelta lo de:

-Antes de que tú nacieras yo fui novia de tu padre. Porque tú eres…

Y Sofía, que fue tal vez la primera novia formal del padre del viajero, se entretuvo en contarle cosas de unos años demasiado lejanos y desconocidos.

A la Laguna de Somolinos le llega la coletilla de agua que desprende el arroyo del Portillo; el mismo que baja del pico del mismo nombre, desde los cerros de La Moralina. Estos cerros andan a galope de la Sierra de Pela. Donde el Portillo se une de por vida al arroyo de Las Cañadas, que llega parejo desde el Alto de la Hoz a los cerros de la Moralina; allí donde ambos forman una horquilla para bajar unidos a la Laguna y desparramarse después al río Manadero, y más tarde al Bornoba, y este tras besarle los pies al Alto Rey salir a recorrer el mundo. Allí, a las espaldas de la famosa Laguna de Somolinos, medio escondido entre chopos estirados, estaba el molino de Abilio Ortega, que también, como muchos más, se llamó, a secas, El Molino, como para darle más empaque y dotarlo de un mayor señorío.

Abilio, cuando el viajero lo conoció, contaba con noventa y cuatro años de edad, vivía en Campisábalos desde que dejó de moler y todos los días, montado en la mula Castaña, que era la única que le quedaba, bajaba por las majadas del Rey para acortar distancias hasta el Puerto de la Hoz y desde allí, carretera abajo, frente a los roquedales de la Moralina, donde se dibuja el barco embarrancado en la sierra de Guadalajara, tomaba el camino que conducía a sus posesiones.

El Molino, el de Abilio Ortega, rondaría los trescientos años, aunque la maquinaria, casi toda ella de madera, se había ido renovando a través de las distintas generaciones familiares, pues Abilio formaba parte de esa cadena que va engarzando antiguos oficios que fueron pasando de padres a hijos como la casa o el apodo. Le pesaba saber que él ya no dejaría continuadores, el oficio, como la casa y la coletilla del molinero, morirían el mismo día en el que se muriese él. Lo reconocía con cierto dolor.

-Pero aquí estamos, viejos, pero con la sangre fresca. Manteniendo lo que se ha de mantener mientras se pueda.

Sentenció Abilio, el viejo molinero, cuando el viajero, a lomos de la Lucera, la yegua que su padre compró a los Cascarrillos siendo una potrilla, regresó al camino.

TOMAS GISMERA VELASCO
Arriaca/Mayo 2011