domingo, marzo 17, 2013

Las comendadoras de Calatrava



LAS COMENDADORAS DE CALATRAVA.
Por Tomás Gismera Velasco.

   Uno de los episodios más desconocidos de la Historia de la Villa de Atienza, hábilmente hilvanada por quien fuera nuestro ilustre Cronista e Historiador, don Francisco Layna Serrano, es cuanto hace referencia a las fundaciones llevadas a cabo por los hijos de Atienza en el esplendor de unos siglos que dieron forma y ser a lo que hoy no es más que una ruina gloriosa del tiempo pasado.
   Son muchas, y a cual más interesante, pero hoy quiero hablaros de una, quizá de las primeras, y quizá también de las más significativas, Las Comendadoras de Calatrava.
   La Alta Edad Media, con sus misterios y sus fantásticas aventuras, si por ello entendemos la conquista y repoblación de nuevas tierras, dejó para la posteridad el recuerdo imperecedero de un buen número de nombres convertidos en hidalgos, y pertenecientes a la burguesía rural, que han de gravar su memoria para recuerdo de futuras generaciones.
   Uno de éstos fué don Ruy Fernández de Atienza, caballero de la Orden de Calatrava, que al final de sus días reunió todos sus bienes, para en unión de su esposa, doña Toda, ponerlos en manos del entonces obispo de Sigüenza, don Rodrigo, a fin de que, con el beneplácito del rey de Castilla, don Fernando III, y con autorización del Maestre de la Orden, don Martín Fernández de Quintana, se fundase en tierras de su propiedad un monasterio de monjas Bernardas, acogidas a la Orden del Cister, y amparadas por la Orden Militar de Calatrava.
   Don Ruy de Atienza, junto con sus hermanos y parientes, que quisieron tomar parte en la fundación, donaron para tal fin una casa que poseían en Pinilla, en el paraje entonces denominado Sothuel de Hachan, con dos yugadas de tierras de labor, huertas, y ocho aranzadas de viñas.
   En ésta finca, a orillas del río Cañamares, cercana a Jadraque,  se levantó el Monasterio de San Salvador de Pinilla, de monjas Bernardas, en el que pudieran recogerse las hijas de los Caballeros de Calatrava y donde pudieran educarse, y si así lo deseaban, profesar como religiosas de la Orden.
   La escritura fundacional se firmó el 17 de junio de 1218, y a éstas primeras donaciones se sumaron algunas más.
   En Torremocha les concedió don Ruy tres yugadas de tierra, una dehesa y cuatro aranzadas de viñas. Su hermano don Martín les cedió un molino en Ledanca, con su correspondiente huerta, su hermana doña Ucenda, una yugada de tierra y dos aranzadas de viñas en Bujalaro, y en Medranda y Cogolludo los bienes que la familia poseía.
   La primera abadesa, familiar de los fundadores, fué doña Urraca Fernández, hasta entonces lo era del Monasterio de Valfermoso, y a ésta sucedió doña Mayor Gómez, cuando ya el Monasterio estaba en todo su esplendor,  añadiéndose a las posesiones antes reseñadas, otras nuevas en Argecilla, Pálmaces, e incluso, llegando a dominar la totalidad de Torremocha, bienes que servirían para el mantenimiento del Monasterio y la crianza y educación de las hijas y hermanas de los caballeros calatravos.
   Tras ésta, y por parte de la Orden, llegarían nuevas fundaciones en Almagro, Toledo y Burgos, todas ellas desaparecidas.
   En San Salvador de Pinilla campearon los blasones de los fundadores y más tarde las de Carlos I, el Emperador, cuando ya las monjas Calatravas habían perdido buena parte de sus posesiones primitivas y se encontraban en Pinilla alejadas de la sociedad.
   Sin permiso del Maestre, pidieron licencia al rey, Felipe II, para marchar a otro lugar, y se asentaron en 158O en Almonacid de Zorita, donde se comenzó a construirles un nuevo monasterio. Pero las Damas de Calatrava estaban atraídas por la Corte, y la Abadesa, doña Jerónima de Velasco, en compañía de doña María de Jesús, tras rogar al rey Felipe Iv, en visita secreta a Aranjuez, donde el monarca se encontraba,  lograron autorización para llegar a Madrid en el otoño de 1623.
   La Reina, doña Isabel de Borbón, envió a Almonacid ocho carruajes para traer a las monjas y un buen número de carros para sus pertenencias.
   Entraron en la Corte el 31 de octubre de aquél año, llegaron de día e hicieron oración en la Basílica de Atocha,  de allí pasaron al Real Monasterio de Santa Isabel, hasta su presentación oficial en la Corte el 5 de Noviembre, en uno de los actos más significativos que tuvieron lugar aquél año en la capital del reino, eran 22 monjas y 3 novicias.
   Para ellas se edificó, con rapidez y elegancia, un nuevo Monasterio en el lugar más céntrico de Madrid, en la calle de Alcalá, que no tardó en convertirse en lugar de cita de la nobleza madrileña, donde se discutían en Capítulos de Caballeros, los asuntos de la Orden, y se resolvían algunas cuestiones laicas, que tenían más que ver con las intrigas de las gentes que con la necesidad de la religión.
   El locutorio llegó a ser el primer salón de la Corte, y las Calatravas, las primeras señoras que supieron recibir con finos modales y elegantes formas a sus invitados.
   Cierta mañana del siglo pasado se levantaron de mal humor, como asevera un cronista de la época, algunos caballeros profesos de la Orden y acordaron exclaustrar a las monjas y echar abajo el convento. El templo quedó a salvo gracias a la duquesa de Prim, y las Comendadoras Calatravas se acogieron al amparo de las Comendadoras de Santiago.