jueves, diciembre 19, 2013

EL VIAJE HACÍA LA ETERNIDAD DE EUGENIO HERMOSO



   Rosario, con los ojos húmedos, ha parecido esbozar una sonrisa. Fuera la oscuridad es absoluta aunque de cuando en cuando un algodoncillo de nieve se estrella contra los cristales, apenas una gotita que convertida en agua resbala y al momento se pierde. Como una lágrima de esas que Rosario ha derramado a lo largo del día. De emoción, de pesar, de tristeza…
   En Madrid nevisqueaba y hacía un frío endiablado. Al salir de la Real Academia el golpe seco del viento helado ha sido como un bofetón. El no se ha enterado de nada. El iba ya dormido, iniciando el regreso a Fregenal. Rosario imaginaba que allí el pueblo entero estaría en vela y a la espera, mientras ellos iban camino de Badajoz, con ese traqueteo incansable del ferrocarril avanzando con increíble rapidez y, sin embargo, pareciera que siempre se encontrasen ante el mismo paisaje blanco cercado por el oscuro nevisqueo. Fuera debía de hacer frío, como en Madrid. El Infante don José Eugenio de Baviera, presidente de la Real Academia, al salir de la Biblioteca, donde se había instalado la capilla ardiente le dijo: “Abríguese Rosario, fuera hace frío”. Y era cierto. La nieve impedía que el viaje se hiciese por carretera, de ahí el hacerlo en ferrocarril.
   A pesar de que el frío lo comenzó a sentir en el cuerpo una semana atrás, aquella dichosa tarde del 27 de enero en el que El se empeñó en ir al entierro de Valentín de Zubiaurre. Le sobraban razones para asistir a la despedida: era amigo, era pintor, era… casi de su misma edad. La de hacer cuentas de lo pasado. El ya las había empezado a rendir con ese comienzo de pérdida de la vista. Acaso el mayor mal que pueda sobrevenirle a quien dedicó su vida a fijar en lienzo los colores para que los contemplen el resto de los mortales y queden como reflejo de una obra para la eternidad. Se lo había dicho al Marqués de Lozoya cuando lo saludó, y a don José de Aguiar, y a Bernardino. ¡Ay, Bernardino! Tras el funeral de Valentín, Bernardino los acompañó al coche. Rosario lo llevaba del brazo derecho, Bernardino le tomó el izquierdo y ya dentro del taxi, cuando Bernardino se disponía a cerrar la portezuela prometiendo una pronta visita, El le soltó aquello de: “estoy vencido Bernardino, estoy vencido”. Y así fue, Bernardino de Pantorba la siguiente vez que lo vio ya estaba así, con los ojos cerrados, dormido a la eternidad y Bernardino, ya hecho a ese ver entrar en las eternidades a los amigos esbozó a Rosario una sonrisa: “ya está con el maestro”. Su maestro, el de Eugenio, era Jiménez Aranda, el abuelo de Bernardino.
   Gustaba Bernardino de hacer comparaciones entre la pintura de los amigos. La de Valentín de Zubiaurre, tan socarrona y melancólica y estirada y de colores norteños de sus ancestros; la de Roberto Domingo, tan impresionista a la francesa y a la taurina iluminada de luces y oros; la de Romero de Torres, tan a veces tétrica y tan a veces literaria, como la de Miguel Nieto, tan alejada del Valladolid de nacimiento, tan sevillana y al tiempo tan luminosa, continuando los pasos del maestro Sorolla; o tan expresiva y definida como la de López Mezquita.
   La de Eugenio no era como la de los otros, la de Eugenio a los ojos de Bernardino era fresca, lírica, con gracia… Para Bernardino, Eugenio se había inventado la pintura extremeña, con las luces y surcos extremeños, con los cielos claros y rutilantes de Fregenal. Eugenio había logrado iluminar los ojos de los chiquillos en sus pinturas; a través de ellos se alcanzaba a situar en el paisaje la alegría siempre eterna y moza de su tierra natal, la luz que El quería ver. La que recordaba de sus años de crío. La que se le metió por las ventanas del estudio de la calle de Almagro de Madrid cuando se instaló definitivamente en la capital, para quedarse eternamente con él.
   Para Bernardino, como para el mundo del arte, Eugenio era ya el pintor de Extremadura, por encima de Zurbarán y del divino Morales, y de Felipe Checa y de Nicolás Mejía; a pesar de la distancia en el tiempo y el trazo y el tema con Zurbarán y Morales; a pesar de que a Checa y Mejía la muerte les había sorprendido sin llegar a alcanzar la total madurez. A pesar de que aquellas primeras luces que iluminaban a la Juma y la Rifa, y hasta: A la fiesta del pueblo, nada tenían que ver con las luces maduras de Rosarito con el paisaje de Huelva, o con la Peseta… o con aquellas otros lienzos que se difuminaban en un paisaje de algodones que firmó sin firmar con su verdadera identidad, a pesar de que todo el mundo en el mundo de la pintura conocía que aquella firma, Nertóbriga, era en realidad el Eugenio Hermoso que no olvidaba los orígenes de su localidad natal, cuando, en lugar de Fregenal, era acaso eso, Nertóbriga, y El jugaba con el expresionismo.
   Bernardino no comparaba la pintura de ambos, la suya y la de Eugenio. Porque no había motivo para hacerlo. Porque siendo semejantes en sus colores y en sus luces, eran diferentes, tan diferentes en su temática como en su universo. Mejor así. Porque Eugenio, con el tiempo, se había vuelto un tanto vanidoso y malhumorado y polémico, con esa creencia de que todos lo perseguían o lo denostaban por ser quien era, el hijo de unos simples campesinos, sin mayores estudios que los que la vida le fue enseñando. A lo mejor, muy a lo mejor, algo había de aquello, pero tampoco tanto como Eugenio se quería imaginar. Sucedía una cosa: que todos aquellos que se pasaban las horas y horas copiando a los grandes maestros en el Prado o asistiendo a las clases de la Academia de Bellas Artes a ver, escuchar y aprender, querían llegar al triunfo, alcanzar el éxito total con sus obras. Verlas un día colgadas de las paredes de cualquier museo. Sentir que lo que dejaron para la posteridad alcanzó la gloria. Todos. Antes y después de que Eugenio llegase a Madrid. Todos. López Mezquita, Muñoz Degrain, Romero de Torres, Zubiaurre, Sorolla, Miguel Nieto, Sotomayor, Benedito, Cabrera, Cantó, Meifrén, Martínez Cubells, Rusiñol, Francisco Domingo, Joaquín Mir, Sotomayor, Elías Salaverría, Eduardo Chicharro, Vázquez Díaz… Aquellas gentes que compartieron espacio y tiempo en el mundo de la pintura, y de la Academia, con Eugenio. La edad dorada de la pintura que siguió los pasos de Velázquez, del Greco, de Zurbarán, de Murillo, de Francisco de Goya. Muchos nombres con los que competir, y todos en busca de afianzarse en el mundo de la pintura. Todos aquellos que pintaban los lienzos de la España de los años finales del siglo XIX; la pintura de los lienzos de España que llegaba hasta aquel día en el que Eugenio Hermoso había iniciado el viaje de retorno a su Fregenal. Al Fregenal de la Sierra que lo vio nacer y aguardaba su retorno en la vigilia impuesta por la fría noche invernal.

   La oscuridad exterior no lo permitía, pero cuando la línea del ferrocarril partía en dos las extensas llanadas manchegas enmarañados en blanco, se divisaban cercanos a la línea férrea los surcos abiertos en el campo. Los campos preparados para el renacer primaveral. Entonces Bernardino, sentado junto a Rosario, ambos frente a Enrique Pérez Comendador a quien por turno había tocado acompañar el féretro en nombre de la Academia y como extremeño de nacimiento, ensimismados ambos en el escudriño de la noche al otro lado del cristal, recordaba aquello dicho por Eugenio, aquellas palabras tan agradecidas que siempre salían de su boca al referirse a las dos josefas, doña Josefa Salgado y doña Josefa Trujillano; comadrona la primera, maestra la segunda. A Bernardino se le quedó clavada la sentencia dictada por Eugenio: “A estas dos señoras debo yo acaso el no haberme quedado clavado como una alondra en el surco”. A aquellas dos señoras y claro, a su madre, también.


   Claro, aquellas habían descubierto sus trazos sobre el papel y habían convencido a los suyos, y a quienes podían, en aquel Fregenal del siglo XIX, para que se ocupasen de Eugenio Hermoso. Luego Sevilla, la Sevilla de Jiménez Aranda y aquel: “Márchese usted a Madrid. Allí podrá abrirse mejor camino que aquí, y mayor horizonte”.
   Eugenio Hermoso se había hecho a sí mismo. Por eso su orgullo. De ello su vanidad. Había pagado con su esfuerzo, con su dedicación, la confianza que se puso en él. Había engrandecido a quienes le habían tendido la mano. Nunca negó sus orígenes. Nunca olvidó que gracias a quienes confiaron en él, se había convertido en uno de los grandes de la pintura española del siglo. En el pintor de los niños; en el de la Extremadura sobreviviente a Francisco de Zurbarán y Luis de Morales. Algo había de ellos en sus primeros colores, y de Durero, en los colores fríos de la Rosa, quizá, como la Gioconda de Leonardo, una de esas grandes obras que se quedan marcadas para la posteridad de los siglos. A Leonardo se le quedó ella, la Gioconda. Como a Romero de Torres le quedó la piconera o a Francisco de Goya la duquesa de Alba. A Eugenio Hermoso se le quedó aquel lienzo con los ojos grandes de la mujer, expresivos, diciéndolo todo. Con los colores vibrantes y puros de: A la fiesta del pueblo, y la sonrisa limpia de aquellas muchachas que como si fuesen odaliscas parecían bailar en un paisaje encendido. Su paisaje, sus colores, su mundo, porque no necesitaba imitar a nadie, buscar el trazo de nadie. Eugenio buscaba intimar con su propio mundo, con su propia tierra. Sentía haber nacido y crecido en el arte para ello.
   La Rosa había competido con la musa gitana de Romero de Torres, y había perdido en la obtención de medalla. Los colores y las risas de La Juma y la Rifa habían competido con la seriedad de capa y sombrero de Los amigos de López Mezquita, y habían perdido también, aunque situaron el nombre de Eugenio en el mundo del arte; a pesar de la dificultad de competir con quien entonces era en Madrid uno de sus pocos amigos, López Mezquita. Los colores de A la fiesta del pueblo lo habían hecho con Joaquín Mir y Valentín de Zubiaurre, y habían ganado, ya en la madurez consagrada. Y ahora, cuando Eugenio Hermoso regresaba a Fregenal para quedarse, su Rosa comenzaba a ser más eternidad que la musa gitana de Romero de Torres, y su Juma más sobriedad que los amigos de López Mezquita; y los colores de la fiesta eran ya los colores de Extremadura. Y contra ellos ya no había competencia posible. Sólo le pertenecían a Él.
   La Juma y la Rifa. Cuántas alegrías detrás de aquella obra. A pesar de que no resultó triunfadora ante los colores del consagrado López Mezquita. Eugenio siempre recordaría aquellas líneas que le dedicó la prensa: Este jovenzuelo se ha hecho el hombre del día en la exposición. Y aquel cuadro con su paisaje se había ganado todas las críticas, a su favor: leguas y leguas, muchas hanegas de tierra, de verdes hazas, con altibajos pintorescos de belleza exquisita… Detrás del cuadro había muchas horas de apuntes, de fijar en la cabeza los horizontes.

   Rosario hacía tiempo que para el mundo dejó de ser Rosarito. Nunca para su padre. Aquella noche era más Rosarito que nunca. Y si su padre se hubiese propuesto hacer de ella un nuevo símbolo la hubiese pintado con marco de oscuridad. Lejos de aquella niña que en un fondo de tonos pastel levantaba la cabeza con el diario en las manos. Rosario, la musa de su padre: Rosarito niña, Rosarito con lazo, Rosarito leyendo la esfera, Rosarito con espejo, Rosarito rezando el Rosario, Rosario con paisaje de Huelva… Rosario siempre estaba en su boca, en sus pinceles, en aquellas tertulias de café con los Baroja, Zuloaga, Solana, Benavente, los Machado..., al sabor y sentir de un café, en el Nuevo Levante o en el Doré del Madrid convertido en escuela y pesar de dolores. En los ojos de aquellos retratos convertidos en icono de su propia pintura. En obras buenas o en obras malas, que para Eugenio Hermoso no había otra.
   El de este inicio de febrero frío, helador, de nevisca mientras el tren se encaminaba a Badajoz partiendo los surcos lóbregos de la noche manchega, de la extremeña, de la familiar en dos, era su último viaje al pueblo-ciudad, y el definitivo a la inmortalidad. Se marchaba el hombre, el autor. Mientras que la obra del hombre, del autor, entraba definitivamente en el Olimpo reservado a los genios, a los mejores, a aquellos que surco a surco habían cultivado el arte para el que vinieron al mundo. Y resulta difícil abrir surco y que el surco permanezca. Ese surco que abrían a su mismo tiempo, al mismo tiempo en el que Eugenio comenzaba su labranza, Pablo Picasso, y Rousseau, y Modigliani y… todos aquellos que ahora, cuando Eugenio, dormido a la eternidad de los siglos viajaba hacía la estación final de Fregenal, trataban de perpetuarse en el Olimpo de la pintura eterna. De su viaje a París, Eugenio vino con un convencimiento: “Mi carácter no va con aquel carácter, porque el arte sólo es arte cuando es arte, y lo digo yo, que he corrido mundo y visto lo que se pinta en Europa y en América”. Y nadie, salvo El, comprendía aquel juego de palabras que otros se atrevían a intuir. Si. Eugenio Hermoso había corrido Europa. Y había pintado lo mismo en Florencia que en Milán o Lisboa, Londres o París. Quería conocer las tendencias de Europa, de punto a punto… Para quedarse con sus colores, con sus luces, con sus horizontes de siempre, los que conoció siendo niño. Los que le enseñaron a ser y sentir.

   El triunfo sin triunfo de la Juma, la consagración posterior, daban cuenta de que Eugenio no se había dormido en los laureles del éxito, y que, pisando fuerte, sabía perfectamente hacía donde dirigir el trazo de sus pinceles: el artista no se ha dejado influir ni alucinar por las tendencias extranjeras ni por las extravagancias de modas efímeras… Eugenio, halagado por aquellas líneas escritas con la sinceridad de quien conoce el valor de la pintura, debió de sonreír al leerlas, convenciéndose de que, al crear su propio estilo, estaba creando escuela, inmortalizándose en cada uno de sus trazos. La Juma…, una de las joyas de la moderna pintura española. Decían las crónicas de su tiempo. Tantas joyas vendrían después…

   En Badajoz la noche comenzó a hacerse madrugada. Madrugada fría con colores de invierno. Y mientras se organizaba la comitiva de automóviles que por carretera lo llevasen a Fregenal, Rosario recordó aquellos otros viajes de comienzos de verano cuando todos los años, con ella de la mano, dejaba la estación del ferrocarril e iniciaban el trayecto fijándose en las luces, reteniéndolas en su retina para pintarlas después. Aquellas luces, casi siempre iguales y siempre diferentes. Las de ese lunes 4 de febrero de 1963 eran luces de luto, y aunque Eugenio había pintado luces de luto en alguno de sus lienzos, estas no las pintaría nadie. Ni siquiera con colores de composición poética, de aquellas composiciones poéticas de las que Eugenio gustaba de acompañarse, fijando versos en cuartillas, junto al esbozo de un retrato.
   Allí, en esa tarde fría de invierno, Eugenio entraba en la inmortalidad de la grandeza de los hombres, en aquel Fregenal escondido en los colores de sus pinturas, entre el horizonte que servía de fondo a sus mejores retratos.
   Debían de ser alrededor de las cinco de la tarde cuando la tierra, golpeando la caja que le servía de cuna, pareció quererlo despertar. Pero no. Eugenio no despertaría. Los ojos abiertos de sus lienzos hablarían en adelante por El. Acaso con letra poética de Gabriel y Galán.
   Allí, mientras la tierra golpeaba el féretro, Rosario, con los ojos turbios, repetía para sus adentros lo que su padre le había dicho a ella y a tantos otros, pareciese que para aquel momento, cuando en el de la despedida se hablaba de su forma de ser y de pintar: Había tenido yo siempre, sin saber cómo, afición al arte, y hacía, como todos los chicos, santos de barro. Pronto dejé el barro por el lápiz, y entonces no quedó pared que no ostentara algún soldadote o algún general
   Nadie lo dijo en aquel momento, pero todos sabían que Eugenio Hermoso había nacido para pintar aquellos paisajes que ahora lo despedían. Su sueño se había cumplido. La risa de sus lienzos, los colores de sus pinceles, colgaban de las paredes de aquellos museos que le soñaron niño.
   Eugenio Hermoso, el pintor de los colores extremeños, parte de la historia de la pintura española, entraba en la eternidad imperecedera del arte.

Tomás Gismera Velasco
El relato: El viaje hacía la eternidad de Eugenio Hermoso obtuvo el premio nacional de Narrativa "Eugenio Hermoso 2013", otorgado por la Fundación Eugenio Hermoso. Excmo. Ayuntamiento de Fregenal de la Sierra y Excma. Diputación Provincial de Badajoz.