martes, marzo 24, 2015

ISABEL MUÑOZ CARAVACA Y LA PROVINCIA DE GUADALAJARA



ISABEL MUÑOZ CARAVACA Y LA PROVINCIA DE GUADALAJARA

      “Sin salir de casa tenemos en la provincia parajes amenos, lugares que nadie celebra porque apenas se conocen”.

   Lo escribe doña Isabel con motivo de uno de sus muchos viajes por la comarca de Atienza, el que la lleva, en el verano de 1901, hasta Bustares.

   El viaje, como no puede ser de otra manera puesto que no existen las carreteras, lo realizarán, en compañía de su hijo Jorge, del hijo del médico de Bustares y de uno de los conocedores del terreno, Perico Rodríguez, perteneciente a su círculo de amistades atencinas, más andando o a lomos de los humildes pollinos del país, hechos a llevar cargas de todo género. En Bustares se alojará en la casa del médico, don Claudio Casado.

   En el artículo, que titula “Al través de la provincia”, desgrana todas sus dotes de auténtica narradora: “Hemos dormido dos noches en Bustares, al pie del Alto Rey, en medio de una hermosa campiña. Es un pueblo formado por viviendas de un aspecto especial, muy antiguo, como el de todos estos lugares; aquél más que ninguno: la portada románica de su pequeña iglesia, parece que no cuenta más edad que diez o doce crudos inviernos de la sierra, indispensables para haber borrado las huellas de los instrumentos del cantero. En Bustares encuentro yo una cosa característica de aquél pueblo: la pureza excepcional del aire que se respira”.

   No faltan las acotaciones a su pasión astronómica: “no he de olvidarme las noches espléndidas que seguían a los días de nuestro viaje. Júpiter, Saturno, la Luna en creciente, estrellas a millones de todas magnitudes, contempladas sin aparatos, es verdad, pero también sin obstáculos, sin límites, sin brumas, y en la disposición de ánimo necesaria para comprender y admirar”.

   Las descripciones de los lugares, tanto de los que pasa, como de las poblaciones adyacentes, constituyen una evocadora remembranza de la vida rural de aquellos entonces apartados lugares: “Dejamos atrás a Zarzuelilla, un pueblecito encajado en bouquet de verdura semejante a un lindo juguete, y llegamos a Valverde, el pueblo de las cerezas, a que debe su celebridad por estos contornos. Es precioso, sus casas, completamente rústicas, hechas de una mampostería primitiva que se reduce a la superposición de láminas de pizarra, y piedras rojas de óxidos de hierro; de poca elevación y amplias cubiertas, de corte elegante, a pesar del total desconocimiento artístico que a presidido a su construcción. Todas ostentan una parra, cuyos tallos verdes se enroscan caprichosamente por las desigualdades de la fábrica. En la plaza un árbol enorme, muchas veces centenario, sosteniéndose en un desamparado lienzo de corteza, da al viento, a gran elevación, hermosas y robustas ramas”.

   Si algo le duele, profundamente, es que sus obligaciones en Atienza no le permitan realizar cuantos viajes desea para conocer aquellos poblaciones de ensueño, si bien se contenta con hacer uno de estos viajes con cada mes de agosto: “Ahora heme aquí de nuevo en mis tareas ordinarias, pero conservando de la expedición pasada un recuerdo imborrable, y soñando en el proyecto de otra para el año que viene”.